Hitos 2025 en Retina Latina: las películas que marcaron el año
Dic
2025
Durante el 2025, algunas películas destacaron en Retina Latina por la cantidad de veces que fueron vistas o comentadas. Son las que llamamos "hitos del año": obras que, más allá de ser estrenos recientes o no, se convirtieron en puntos de referencia clave dentro del catálogo
Cada una de estas obras abre una puerta distinta hacia temas, personajes y lugares que parecen importar especialmente en este momento. Jóvenes que pintan murales, excombatientes que cargan traumas, ancianas que caminan solas por la ciudad, abuelas que enseñan recetas, niñas que enfrentan el acoso escolar. Si miramos estas películas juntas, empiezan a aparecer algunos hilos que se repiten: agua, territorio y heridas que todavía duelen, infancias y juegos que siembran futuro.
Los días de la ballena (2019, Colombia) Cristina y Simón son dos jóvenes grafiteros de Medellín que intervienen los muros de la ciudad con arte vibrante. Su espíritu creativo choca con las dinámicas de miedo que impone una banda criminal del barrio, especialmente cuando deciden pintar una gran ballena sobre un mensaje amenazante dejado por los pandilleros. La película sigue esa tensión entre la expresión juvenil y la violencia que todavía marca las ciudades colombianas, con colores cálidos, música hip-hop y una energía que no edulcora la realidad pero tampoco la vuelve desesperanzada.
Llama la atención cómo estas historias de juventudes urbanas que usan el arte como respuesta al miedo siguen convocando tanto. Quizás porque muchas ciudades latinoamericanas comparten esa misma tensión entre sueños creativos y amenazas latentes. También porque estas narrativas nos permiten ver en el arte una forma de tomar espacio, de recuperar lo común, y de reimaginar la ciudad desde los márgenes.

Días de Santiago (2004, Perú) Santiago Román es un excombatiente de 23 años que regresa a Lima tras años de servicio en la Marina de Guerra, participando en luchas contra el terrorismo y el narcotráfico. Habituado a la disciplina y violencia militar, se encuentra totalmente desorientado en la vida civil: no halla empleo estable, sus relaciones se resienten y se hunde en conductas autodestructivas. Filmada con estética cruda —blanco y negro, cámara en mano, montaje nervioso—, la película refleja el trauma de la guerra y la imposible reinserción en una sociedad que no sabe qué hacer con sus veteranos.
Estas historias de posconflicto vuelven una y otra vez, en distintos países y décadas, como si algo siguiera sin cerrarse del todo. Como si las heridas de las guerras latinoamericanas todavía necesitaran ser miradas. Tal vez porque al mirar a Santiago también miramos los silencios institucionales y sociales que rodean a quienes regresan de la violencia.
El corazón de la luna (2021, Perú) M es una anciana sin hogar que deambula por las calles de Lima, perseguida por monstruos invisibles que son metáfora de sus traumas y recuerdos dolorosos. En su soledad absoluta, adopta una pequeña hormiga y poco después se encuentra con un ser extraordinario: un robot luminoso que se convierte en su acompañante protector. Sin diálogos, con fotografía onírica y elementos de ciencia ficción fantástica, la película construye un retrato profundamente conmovedor de la invisibilidad de los ancianos y los estragos de la enfermedad mental.
Hay algo significativo en ver a una anciana en el centro del cuadro, con toda su complejidad y su dolor, en un cine que suele mirar hacia otros lados. Como si hubiera una urgencia por mostrar otras edades, otros cuerpos, otras vidas que también importan. La película nos sugiere que incluso en la marginalidad absoluta puede haber encuentros y luces que redimen.

Los chivos no comen corozo (2020, Colombia) En Los Moreneros, un corregimiento afrodescendiente en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, una comunidad atesora conocimientos culinarios ancestrales. El documental se enfoca en la preparación del Chicharro, un guiso legendario a base de corozo que únicamente se cocina allí. Yasser, un niño de 10 años, es guiado por su abuela Yiya en una suerte de escuela informal donde los mayores enseñan a los pequeños las recetas tradicionales en fogones de leña.
Aquí, la cocina se vuelve una forma de cartografiar la memoria: cada receta, cada gesto en el fogón, reconstruye un mapa afectivo y territorial que sobrevive al paso del tiempo. Y la transmisión de esos saberes aparece como un acto de resistencia silenciosa contra el olvido. En tiempos de homogeneización cultural, estas escenas invitan a pensar cómo lo cotidiano puede ser también una forma de cuidado político y afectivo.
Ganges, un viaje por los sentidos del agua (2019, Colombia) Este documental colombiano recorre el mítico río Ganges en la India, venerado por millones pero gravemente contaminado. A través de una travesía lírica filmada durante tres meses, entrelaza impresionantes imágenes de rituales hindúes en sus orillas con escenas de aguas cubiertas de residuos industriales. Esa tensión entre lo sagrado y lo profanado eleva el discurso más allá de un caso local: aunque enfocado en India, dialoga con Latinoamérica al recordar que muchos de nuestros ríos también enfrentan amenazas.
¿Por qué estas imágenes del agua en un río lejano resuenan tanto en una plataforma latinoamericana? Quizás porque la crisis hídrica es planetaria y porque cada vez más personas buscan narrativas que las conecten emocionalmente con la defensa del territorio. El agua, en este caso, se convierte en una clave sensorial y espiritual para pensar nuestra relación con el mundo natural.
La abuela grillo (2009, Bolivia/Dinamarca) Esta joya de animación sin diálogos combina la poesía ancestral ayorea con la memoria de una lucha social. Basado en un cuento mítico del pueblo Ayoreo del Chaco boliviano, presenta a una abuela que es en realidad un grillo mágico: donde ella canta, cae la lluvia. Expulsada de su aldea, termina en la ciudad donde empresarios la obligan a cantar para embotellar y vender el agua a precio abusivo. La trama alegórica alude directamente a la Guerra del Agua de Cochabamba en el año 2000.
La fuerza de las abuelas y los relatos orales atraviesa varias de estas películas. Como si en esas figuras ancianas —grillo, cocinera, guardiana de mitos— habitara algo que necesita ser recordado y transmitido. También sugiere que la lucha por el agua no solo es política, sino profundamente narrativa: quien controla los relatos, controla también lo que se considera valioso.
Anina (2013, Uruguay/Colombia) Anina Yatay Salas es una niña de 10 años con un nombre palindrómico que la hace blanco de burlas en la escuela. Cuando se pelea con su enemiga Yisel, ambas reciben un sobre negro cerrado que no pueden abrir durante una semana. Ese castigo se convierte en juego narrativo: Anina imagina mil cosas, se mete en líos divertidos y finalmente entiende una lección valiosa sobre empatía y autoaceptación. Con animación sencilla pero expresiva, tono de comedia amable y secuencias oníricas, la película explora el mundo infantil con autenticidad y fantasía.
La infancia aparece aquí compleja, no edulcorada: con miedos reales, conflictos difíciles y momentos de soledad. Como si hubiera un interés genuino por tratar a niñas y niños con la misma seriedad que a los personajes adultos. Anina nos recuerda que crecer es también un acto de interpretación constante: de nosotros mismos, de los demás y del mundo.
Migrante (2019, Argentina y 10 países latinoamericanos) Más de cincuenta animadores de once países unieron esfuerzos para animar treinta breves segmentos, cada uno basado en un testimonio real de personas migrantes. Cada animador imprimió su estilo —desde dibujos a mano hasta motion graphics o stop-motion—, haciendo que cada capítulo tenga una estética distinta. El resultado es un caleidoscopio visual donde la heterogeneidad misma es el mensaje: así como Latinoamérica es diversa, las experiencias migratorias también lo son.
¿Qué significa verse reflejado en esas voces múltiples? Tal vez la migración deje de ser una idea general cuando se cuenta desde los recuerdos, los afectos y las decisiones difíciles que marcan un trayecto personal, lo político y lo cotidiano en cada rincón del continente, y que merece ser contada desde la empatía y la diversidad de miradas. Esta obra sugiere que las historias compartidas —aunque breves, aunque fragmentarias— pueden construir puentes donde antes había muros.
El Camino Desierto (2018, México) Este documental sigue el rodaje de una película independiente en los impresionantes paisajes desérticos de Durango, México. A lo largo de cuatro semanas de filmación, vemos el esfuerzo titánico de un pequeño equipo para completar su proyecto a pesar de escasos recursos, contratiempos y la incertidumbre de si ese film alguna vez llegará al público. La película abre con un dato elocuente: en México se producen unas 150 películas al año pero solo una pequeña fracción logra llegar a la pantalla.
Hay una curiosidad creciente por mirar también el oficio de hacer cine, sus dificultades materiales, sus búsquedas. Como si parte del público quisiera entender no solo las historias sino también cómo se construyen y qué implica sostener ese trabajo creativo en contextos de precariedad. Tal vez porque en el detrás de cámaras también se revelan los compromisos éticos y emocionales de una comunidad artística que resiste.

Algunos hilos que se repiten Si miramos estas nueve películas juntas, empiezan a aparecer algunos patrones. Están los jóvenes urbanos enfrentando ciudades marcadas por la violencia pero también por el deseo de transformarlas. Está el agua —río sagrado, lluvia mítica, ingrediente invisible— como hilo conductor de preocupaciones ecológicas y territoriales. Están las abuelas y las infancias como figuras centrales de transmisión y memoria. Está la animación como lenguaje privilegiado para tratar temas complejos de manera poética. Y está, también, una curiosidad por los márgenes: ancianas invisibles, excombatientes olvidados, comunidades afrodescendientes, equipos de rodaje precarios.
Estas películas se internan en zonas difíciles de la experiencia, explorándolas con lenguajes diversos y perspectivas que no esquivan la complejidad emocional o política de lo que retratan. Y que hayan sido justamente estas las más vistas durante 2025 deja una pequeña pista sobre qué tipo de historias siguen importando, qué conversaciones queremos seguir teniendo y qué futuros estamos tratando de imaginar juntos.