Un lugar en el mundo: juventudes en el cine latinoamericano
Sep
2026
Crecer implica descubrir que el futuro imaginado rara vez coincide con el mundo que finalmente se encuentra. Estas películas siguen a jóvenes latinoamericanos que buscan un lugar propio mientras enfrentan incertidumbres, límites y cambios que los obligan a inventar nuevas maneras de habitar aquello que han recibido.
Durante buena parte del siglo XX, crecer estuvo asociado a una promesa. La juventud fue adquiriendo un lugar propio dentro de la vida social y comenzó a entenderse como un tiempo abierto hacia el futuro. Estudiar debía permitir encontrar un camino. El trabajo debía abrir la posibilidad de construir una vida propia. La llegada a la adultez parecía conducir hacia algún lugar reconocible.
En América Latina, esa experiencia tuvo recorridos muy diversos. Los jóvenes participaron de movimientos estudiantiles y transformaciones culturales que marcaron distintas décadas. Más adelante tuvieron que atravesar crisis económicas que hicieron cada vez más incierto el paso hacia la vida adulta. Con el tiempo, la promesa comenzó a perder claridad. Hoy una persona joven puede crecer imaginando muchas posibilidades para su vida y descubrir que el mundo al que intenta ingresar ofrece caminos profundamente desiguales.
Por eso conviene hablar de juventudes. La posibilidad de explorar el futuro depende de las condiciones desde las que cada persona comienza a hacerlo. Para algunos existe tiempo para descubrir una vocación y probar distintos caminos. Para otros, las responsabilidades llegan muy pronto. La juventud adquiere entonces formas distintas según el territorio y las posibilidades concretas que encuentra cada persona.
Las películas reunidas en este ciclo se acercan a ese momento de la vida desde experiencias particulares. En ellas hay personajes que comienzan a preguntarse qué hacer con aquello que desean y con el mundo que encuentran frente a ellos. Varias de estas historias pueden leerse desde la experiencia de crecer sin garantías.
En Los mayores ríos se deslizan bajo tierra (Colombia, 2022), de Simón Vélez, Sofía intenta conseguir trabajo como actriz. Un casting frustrado la conduce fuera de la ciudad y abre una deriva hacia Santa Elena. Algo parecido ocurre en Revolución (Perú, 2023), de Nazareth Vega. Daniel sueña con la música y enfrenta también el rechazo de un casting. A partir de allí comienza un desplazamiento que afecta la relación que tiene con su familia y con las personas cercanas.
En esas dos historias surge una experiencia sencilla y dolorosa. Alguien presenta ante el mundo aquello que quiere llegar a ser y espera una respuesta. Ser visto todavía no significa encontrar un lugar. El futuro empieza entonces con una incertidumbre.
En Empatético (Perú, 2022), de Patricio Lagos, esa incertidumbre adquiere otra forma. Kiara ya ha entrado al mundo laboral. La vemos atravesar Lima durante la noche después de trabajar disfrazada de pollo. Su recorrido deja entrever las condiciones en las que una persona puede incorporarse al trabajo y la fragilidad que puede acompañar esa entrada.
Semilla del desierto (Colombia–Estados Unidos, 2025), de Sebastián Parra, sitúa a Caviche y Chelina frente a circunstancias que precipitan su llegada a la adultez. El embarazo inesperado y la economía del contrabando forman parte del horizonte desde el cual deben tomar decisiones. Parra ha relacionado la película con la pérdida de la inocencia y con la escasez de oportunidades que ha acompañado durante generaciones a los jóvenes de su territorio.
La experiencia juvenil también puede desarrollarse lejos de esas urgencias materiales. Nina & Emma (Uruguay, 2023), de Mer Cosco, sigue a dos amigas que viajan solas durante el verano. En ese tiempo compartido comienza a modificarse una relación que hasta entonces había sido central para ambas. Crecer implica aquí descubrir que aquello que parecía estable puede cambiar y que una vida propia empieza también a construirse a partir de esas transformaciones.
En Cindy & Richie (Perú, 2025), de David Berríos, el desplazamiento no implica alejarse de un lugar, sino volver sobre una historia compartida. El encuentro entre dos personas que compartieron una relación durante su juventud abre una mirada hacia lo vivido. El paso del tiempo transforma también el sentido de aquello que alguna vez pareció posible.
El movimiento atraviesa varias de estas películas y acompaña una transformación interior. Sofía deja la ciudad, Daniel abandona su casa, Caviche y Chelina recorren La Guajira, Kiara atraviesa Lima durante la noche, y Nina y Emma viajan hacia un balneario. Quienes emprenden esos recorridos empiezan a alejarse de una forma conocida de vivir mientras intentan descubrir qué puede venir después.
La pregunta por las oportunidades atraviesa también la historia de Revolución. Nazareth Vega realizó la película siendo muy joven y ha descrito el proceso como una escuela de cine para quienes participaron en él. Esa experiencia permite mirar la juventud no solo como el tema de una película, sino también como la condición desde la que una obra puede hacerse. En un contexto donde comenzar a filmar depende de recursos limitados, de redes de colaboración y de la posibilidad de aprender mientras se trabaja, la película convierte esa precariedad en una forma de impulso colectivo.
Esta diversidad permite comprender la juventud como una experiencia abierta. Quienes protagonizan estas películas reciben un mundo que ya estaba allí antes de su llegada. En algún momento deben comenzar a encontrar una manera propia de vivir dentro de él.
Ahí aparece quizá una de las tensiones más profundas de estas historias. Una generación crece escuchando promesas acerca del futuro. Luego llega el momento de ponerlas a prueba en la experiencia concreta. Algunos encuentran caminos. Otros descubren que las posibilidades son más estrechas de lo que imaginaron. En esa distancia puede surgir el desencanto.
La juventud conserva, al mismo tiempo, una cualidad particular. Muchas cosas todavía pueden tomar otra forma. Los personajes de estas películas continúan moviéndose porque su historia permanece abierta. Ensayan maneras de relacionarse con el mundo y buscan espacios desde los cuales construir una vida propia.
Por eso mirar a los jóvenes puede ofrecernos una perspectiva especialmente sensible sobre el presente. En ellos se encuentran el mundo que ha sido heredado y aquello que todavía puede llegar a existir. Estas películas se sitúan precisamente en ese intervalo. Allí conviven las promesas recibidas con las posibilidades que ofrece la realidad. Allí comienza también la pregunta por aquello que cada persona será capaz de imaginar cuando el futuro que esperaba empieza a parecer distinto.