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Por cada historia que contemos, posponemos el fin del mundo

9

Sep
2022

“… el diálogo con los pueblos a cerca de sus necesidades, el trabajo con sus relatos fundacionales, la escritura y la autoría colectiva, las formas de organización no jerárquicas, la exploración de la diversidad de sus lenguas, etc., son aspectos fundamentales en un proceso verdaderamente profundo de resistencia y revitalización de la identidad indígena a través de la práctica cinematográfica.”

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Tras conocer algunas perspectivas en torno al cine comunitario, colaborativo y participativo, las Lecciones de Cine Latinoamericano llegan a su cuarta sesión dando paso al cine indígena. Nos guía en esta ruta David Hernández Palmar, un fotógrafo, realizador, productor e investigador wayuu, quien es además curador en la Muestra Internacional de Cine Indígena de Venezuela y asesor político de la Coordinadora Latinoamericana de Cine y Comunicación de los Pueblos Indígenas  – CLACPI[1].

Es emocionante encontrarnos con un realizador que nos plantea el oficio cinematográfico como un ejercicio político, en el sentido más amplio de la palabra. Hernández Palmar nos mueve a entender el cine indígena como una expresión por la defensa de la vida y la dignidad, así como un mecanismo de organización y comunicación entre los pueblos. Ésta lección, dando cierta continuidad a las anteriores, sostiene una crítica frente a los modelos hegemónicos de creación y producción cinematográfica, siempre colonialistas, y nos interpela sobre la función y el sentido mismo del cine dentro de una comunidad.

Con el título de la charla “Un futuro que plantea un regreso”, Hernández nos exige en primer lugar reconocer la existencia de una historia del cine de los pueblos  indígenas, desenmascarando así el racismo que persiste en la historia de la cinematografía oficial. Los pueblos indígenas latinoamericanos han incorporado la práctica audiovisual como herramienta de resistencia desde hace décadas y sin embargo escasamente conocemos los nombres de sus pioneras y pioneros.

Esta labor de reconocimiento del pasado no es un gesto menor, pues en el germen mismo del ejercicio cinematográfico de estos pueblos se encuentra la necesidad de autoproclamar su existencia, de manera que volver sobre los pasos de las y los precursores es también revitalizar su resistencia. En ese sentido, Hernández nos introduce al trabajo de la emblemática Teófila Palafox.  

Teófila Palafox es una tejedora, cineasta y partera mexicana que aún vive y que formó parte del Primer Taller de Cine Indígena en San Mateo del Mar de Tehuantepec en 1985. Este taller reunió a mujeres de la comunidad para transmitirles los conocimientos básicos de la práctica cinematográficas, generando un encuentro entre el lenguaje del cine y las formas autóctonas de pensamiento, organización y narración del colectivo. Posicionar a cineastas como Teófila en nuestro imaginario, reconocer que aún vive y hacer accesible su legado, nos permite extender un puente con procesos de creación, formación y difusión actuales.

Dentro de los esfuerzos más destacables que hoy existen en el panorama de la difusión del cine indígena latinoamericano, se encuentra la Coordinadora Latinoamericana de Cine y Comunicación de los Pueblos Indígenas  – CLACPI. Esta nace justamente en México en el año de 1985, en el marco del primer Festival de Cine Indígena de ese país. Para dar continuidad a los procesos de difusión, y además facilitar el acceso de los pueblos a los medios de comunicación, esta organización celebra cada dos años de manera itinerante el Festival Internacional de Cine y Comunicación de los Pueblos Indígenas. Su edición número 14 se desarrollará en Ecuador en el año 2022.

A cerca de CLACPI: “La itinerancia es una apuesta política por respaldar y fortalecer los procesos de comunicación y las luchas de los pueblos indígenas del país anfitrión. Es un escenario de expresión, denuncia y reflejo de nuestras realidades y cosmovisiones del audiovisual. La formación es un eje fundamental en la labor de CLACPI. El intercambio de saberes nos enriquece espiritualmente y nos brinda herramientas de todo tipo para ejercer nuestra labor comunicacional. Mientras aprendemos, reflexionamos sobre el carácter político de los conocimientos y habilidades que vamos adquiriendo. Esto permite una visión más amplia e integral de nuestro saber y nos da herramientas que utilizaremos para el beneficio de nuestras comunidades”.[2]

El fortalecimiento de los procesos de apropiación de las prácticas audiovisuales dentro de los pueblos indígenas está necesariamente determinado por el acceso a la tecnología en sus territorios. Hernández resalta esta problemática, pues nos permite dimensionar el esfuerzo y el mérito detrás de todo este movimiento cinematográfico. Las brechas a estrechar en la actualidad no sólo tienen que ver con la superación de la exclusión simbólica, sino con la democratización del acceso a los “medios de producción”, acceso por el que los pueblos indígenas aún deben luchar en cada ejercicio cinematográfico.

Es en ese sentido que los mercados y festivales internacionales de cine toman un papel relevante. Si bien el cine indígena se rebela frente a los sistemas de validación extranjeros, y en ese sentido encuentra legitimidad en la experiencia misma que despierta al interior de su comunidad, algunos de los circuitos internacionales fomentan la realización indígena a través de estímulos económicos, sistemas de difusión, espacios de discusión, etc. Hernández reconoce  allí una posibilidad importante para dignificar la realización audiovisual indígena, la cual es injustamente relacionada con un “cine comunitario precario” y de poca calidad técnica. El fortalecimiento de esta cinematografía tiene que ver con consolidar también desde lo económico formas más soberanas de realización.

Ahora bien, los ámbitos oficiales que están abriendo un espacio a este cine posibilitan a su vez una serie de discursos sesgados y reduccionistas que desdibujan el verdadero problema que comprende la identidad indígena. ¿Qué es lo indígena? Es la pregunta que entonces debemos plantearnos.

Hernández nos propone analizar la manera como estamos enseñados a nombrar lo “indígena” a partir de categorías establecidas por el Estado. De allí que las interpretaciones simplistas sobre la identidad indígena sean tan abundantes y normalizadas. En oposición a esta reducción podríamos empezar a establecer que, en principio, un pueblo indígena es una comunidad afectada por la colonización y que un “cine indígena” está necesariamente atravesado por los procesos sociales, culturales, espirituales, políticos, etc., que experimenta esa comunidad. Por último, y como rasgo esencial, un cineasta indígena es aquel que hace honra al don de contar historias.

Si bien son cada vez más frecuentes  las producciones que representan las problemáticas de los pueblos indígenas, o hacen partícipes a estos pueblos en su realización, muchas de ellas no se inmiscuyen realmente  en las  luchas o discusiones de las comunidades. Hernández nos expone parte de su propia experiencia y nos permite ver que el diálogo con los pueblos a cerca de sus necesidades, el trabajo con sus relatos fundacionales, la escritura y la autoría colectiva,  las formas de organización no jerárquicas, la exploración de la diversidad de sus lenguas, etc., son aspectos fundamentales en un proceso verdaderamente profundo de resistencia y revitalización de la identidad indígena a través de la práctica cinematográfica.

“Por cada historia que contemos, posponemos el fin del mundo”, recita Hernández.

En contraste con la violencia a la que se han visto sometidos históricamente los pueblos indígenas, es importante notar cómo las formas de lucha que han desarrollado tienen que ver fundamentalmente con la afirmación de la vida. Es así como Hernández nos plantea una perspectiva enérgica y esperanzada como cierre de esta conversación: de cara a la crisis global que sufrimos, la resistencia indígena nos ofrece pautas para exigir a la sociedad poner en el centro la gestión de la vida. Frente al miedo a la catástrofe y al fin del mundo, los seres humanos reafirmamos nuestra propia existencia honrando nuestro don de contar historias.

Dice David Hernández Palmar en una entrevista de 2018: “Afirmamos que el cine y la comunicación de los pueblos indígenas desempeñan un papel clave en la garantía de nuestra representación y la demostración de las formas en las que se puede gestionar la vida que necesitamos y nos merecemos; no sólo nosotros, sino todos, como una especie que urge que se reconecte con la Madre Tierra”.[3]


[1] https://clacpi.org/

[2] https://www.youtube.com/watch?v=Unde4_Ca-A0

[3] http://revistaiconica.com/curando-nos-curamos-cine-indigena-latinoamericano/

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