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La fricción que no se puede optimizar

1

Sep
2026

La tecnología contemporánea nos seduce con una promesa de eficiencia pero al eliminar esa "fricción", también nos privan del proceso vital de aprendizaje. El investigador Javier Mazza cuestiona esta obsesión por la fluidez, recordando que en la creación audiovisual la resistencia y el error son indispensables.

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Por: Paloma Rincón

Las Lecciones de Cine Latinoamericano 2026: La libertad de vernos en tiempos de IA, abren un espacio necesario para discutir las nuevas formas de crear y conectarnos con el cine y el audiovisual. La primera lección, a cargo del filósofo e investigador uruguayo, Javier Mazza, parte de una pregunta que parece sencilla pero que despliega una reflexión fundamental: 

¿Qué nos ocurre cuando la “eficacia” de la tecnología elimina las dificultades, los procesos intermedios y las incertidumbres que forman parte de la experiencia creativa?

Cada vez que una interfaz digital predice una búsqueda para nosotros, corrige una frase o completa una palabra, nos ofrece una experiencia más fluida; una experiencia con menos obstáculos o fricciones. De esta manera, ahorrar tiempo, reducir esfuerzos, evitar errores, parece una promesa indiscutiblemente positiva, pero que Javier, justamente, nos invita a cuestionar. 

La propuesta de Mazza tiene como punto de partida una escena sencilla y reconocible, donde encendemos una pantalla, entramos a una plataforma y nos encontramos con una serie de opciones que parecen haber sido preparadas especialmente para nosotros. En ese gesto se condensa una transformación profunda, pues la tecnología contemporánea se especializa en anticipar lo que queremos hacer y, sobre todo, lo que nos interesa “consumir». La recomendación algorítmica está construida sobre una relación individualizada, con la que establecemos una interacción personal e, incluso, íntima.

La intersección entre los dispositivos tecnológicos, la experiencia cotidiana y el diseño de interfaces con un enfoque predictivo, crea una dinámica que está configurando nuestro modo de vivir el mundo. Por eso la urgencia de poner en duda la neutralidad de las herramientas tecnológicas, pues no son instrumentos sin intención, sino que participan y ordenan la experiencia humana actual. 

Por lo demás, ésta no es una situación que se limite a las tecnologías contemporáneas. Es necesario cuestionar la idea de que las herramientas, en general, son instrumentos pasivos al servicio de una voluntad que permanece intacta. La historia de la técnica muestra, por el contrario, que existe una relación de transformación mutua entre los seres humanos y los objetos que utilizan. Una herramienta facilita una acción, a la vez que modifica aquello que consideramos posible, deseable o necesario. 

Mazza denomina tecnomorfismo al momento en que esta relación da un paso más: comenzamos a mirar el mundo mediante las categorías que nos proponen las herramientas y la tecnología. Así, hablamos de una persona que “procesa” información o de una memoria que “falla” como en un dispositivo. En palabras de Mazza: “Yo empiezo a mirar el mundo a través de las categorías que me propone el objeto”.

La expresión más cotidiana de este fenómeno puede estar en la frase “no tengo tiempo”. La tecnología moderna ha multiplicado los instrumentos para medir, organizar y aprovechar las horas, hasta establecer  la categoría del tiempo como un producto material que poseemos y administramos. Pero, como nos plantea Javier, el tiempo no es un elemento que se pueda tener. Vivimos en él. La tecnología puede permitirnos concentrar actividades, hacerlas más rápidas o “productivas”, pero nada de esto hace del tiempo una materialidad de la que nos podamos apropiar.

Esta confusión permite expresar por qué la eficiencia se ha convertido en uno de los valores dominantes de nuestra relación con la tecnología. En una cultura organizada alrededor de la productividad, el esfuerzo aparece fácilmente como un “costo” y la dificultad como un problema que debe ser eliminado. La inteligencia artificial adquiere entonces un atractivo extraordinario, pues promete hacer por nosotros aquello que nos exige tiempo, voluntad, concentración y esfuerzo. Esto significa: nos propone realizar cualquier tarea eliminando la fricción

Sin embargo, la reflexión de Javier Mazza restituye importancia a la resistencia que aparece cuando una persona entra en contacto directo con una materia, una herramienta, una obra o un problema, y tiene que aprender a relacionarse con él. Ese encuentro constituye un espacio de interacción y es donde se produce el conocimiento porque, al permitir que se despliegue la experiencia, hace posible que ocurra una transformación en el individuo.

Por eso resulta tan importante la distinción entre aquellos dispositivos que simplemente entregan un resultado y aquellas experiencias que nos comprometen activamente con lo que hacemos. Cuando una tecnología elimina todos los pasos intermedios, puede hacer que una tarea sea más sencilla, pero también puede privarnos del proceso mediante el cual aprendemos a realizarla. En el terreno audiovisual, esto adquiere una dimensión especial. Si un algoritmo selecciona de antemano aquello que probablemente queremos mirar, puede ahorrarnos la incertidumbre de buscar, pero también puede reducir las posibilidades de interactuar con algo que era nuestro “trabajo” descubrir.

Sin embargo, cuando sí nos enfrentamos a los procesos de aprendizaje, hay una zona de la experiencia que queda fuera de lo calculable. En la creación artística esto es particularmente importante porque allí intervienen la intuición, el accidente, la sensibilidad y la experiencia acumulada. Por ello, nos encontramos una y otra vez con que las y los artistas no “saben explicar” por qué una determinada decisión creativa “funciona”. Por ejemplo, Mazza nos recuerda cómo el montajista cinematográfico puede saber que el corte debe producirse en un fotograma específico sin poder convertir inmediatamente ese saber en una fórmula. Algo semejante ocurre en la música, el baile, la escultura, y en tantos otros oficios humanos, como el deporte. Existe un conocimiento incorporado al cuerpo que se construye mediante la fricción y este no es un dato calculable ni traducible en instrucciones.

Mazza nos propone un ejemplo muy sencillo y elocuente a través del fútbol. Cuando Lionel Messi ejecuta una jugada o patea un tiro libre, existe un conocimiento encarnado que resulta difícil de convertir en fórmula. Si después se le pregunta exactamente cómo realizó el movimiento, probablemente no pueda reconstruirlo paso por paso. Lo esencial ocurrió en esa zona de interacción entre el cuerpo, la experiencia y el objeto. 

Este problema puede hallar contexto en ideas de Margaret Boden, la matemática y estudiosa de la creatividad a quien Mazza recurre para distinguir tres formas de producción creativa. Las formas de creatividad exploratoria, combinatoria y transformacional permiten diferenciar entre aquello que opera dentro de unas reglas, aquello que combina elementos existentes y aquello que rompe las reglas para producir un nuevo sistema. La creatividad transformacional resulta especialmente significativa porque supone abandonar una estructura anterior. Mazza ejemplifica este proceso con las rupturas artísticas de Picasso y Pollock y, en el cine, con el gesto de aquellos primeros montajistas que descubrieron nuevas posibilidades expresivas a partir de la manipulación de la película.

De esta manera, llegamos a una de las cuestiones más delicadas respecto a la eficacia de la inteligencia artificial, pues un sistema algorítmico puede combinar cantidades extraordinarias de información y producir resultados sorprendentes, pero no resuelve la pregunta sobre qué tipo de novedad produce y qué relación mantiene esa novedad con las reglas que la hicieron posible.

El problema al que nos enfrentamos hoy es, tal vez, cómo mediar la interacción con las herramientas tecnológicas de manera que no nos despojen del aprendizaje que produce la fricción. Así, la metáfora del arnés utilizada por Mazza permite llevar esta reflexión a un terreno concreto. En el entrenamiento de una patinadora, el arnés puede reducir temporalmente la fricción y permitir que la deportista aprenda un movimiento sin sufrir una caída peligrosa. La herramienta cumple allí una función pedagógica. Pero llega un momento en que debe retirarse. El entrenador experimentado sabe cuándo disminuir la dificultad y cuándo devolverle al cuerpo la responsabilidad completa de la acción. El objetivo es que el salto sea de ella y no del dispositivo.

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