Ciclo de cine
Miradas para un planeta vivo
Disponible
Nov
2025
Dic
2025
Miradas para un planeta vivo es un ciclo de cine ambiental de Retina Latina, en diálogo con la COP 30 Amazonía – Brasil. A través de siete películas de Colombia, México, Bolivia, Perú y Uruguay, propone un viaje por los territorios del agua, los bosques y las comunidades que los habitan. El cine se convierte aquí en un acto de resistencia y ternura, una invitación a escuchar los lenguajes de la Tierra y a imaginar futuros donde cuidar el planeta sea también una forma de vivir.
En diálogo con la COP 30 Amazonía – Brasil, este ciclo de cine ambiental de la plataforma Retina Latina nace como un gesto de escucha y de encuentro. A través de siete películas latinoamericanas, miramos los territorios del agua, los bosques y las comunidades que los habitan, para reconocer que el futuro de la vida depende de nuestra capacidad de imaginar y cuidar juntos.
El cine se convierte aquí en una herramienta de resistencia y de ternura: un espacio donde las imágenes restituyen la voz de los ríos, las montañas y las selvas, donde los cuerpos humanos y los paisajes se confunden en una misma respiración. Cada película de este ciclo propone una forma de diálogo con la Tierra —desde la espiritualidad, la memoria o la acción— y juntas trazan un mapa de las urgencias ambientales del continente.
La COP 30 convoca al mundo a mirar hacia la Amazonía como corazón climático del planeta, y desde el cine proponemos un diálogo que trasciende lo político para volverse sensorial y ético. Las obras reunidas —de Colombia, México, Bolivia, Perú y Uruguay— nos recuerdan que los problemas ambientales no son solo técnicos, sino también culturales y emocionales: que proteger el agua, el bosque o el río es proteger también nuestra memoria, nuestros lenguajes y nuestras formas de vivir.
La selva inflada, de Alejandro Naranjo, nos lleva a una remota población en la Amazonía colombiana que ha sufrido oleadas de suicidios entre sus jóvenes nativos, tanto hombres como mujeres, usualmente entre los 14 y 25 años, todos nacidos en familias indígenas y todos escolarizados. En el vacío que abren estas muertes vemos la contradicción que enfrenta la generación actual que vive a la deriva en la selva del Vaupés. Aquellos que deben hallarse un lugar entre el mundo de sus padres y el mundo que les enseñaron en el colegio de los hombres a quienes llaman “blancos”. Su viaje de regreso cuando terminan el estudio y deben volver al origen dibuja el límite que encaran, dibuja esta película y la delgada frontera entre las desvanecidas poblaciones prehispánicas y las actuales formas de vida que intentan asentarse en su mismo territorio.
En El mañana es un palacio de agua de Juanita Onzaga, una mujer camina entre visiones en un mundo árido y sin historia, buscando al espíritu del agua. Su travesía se vuelve metáfora luminosa sobre la pérdida y la esperanza, una invocación poética que nos recuerda que sin agua no hay futuro. Río rojo de Guillermo Quintero nos traslada a la Serranía de la Macarena, donde un río mítico revela las tensiones entre territorio, desarrollo y memoria: un equilibrio frágil que se resquebraja ante la deforestación y la pérdida de lo sagrado. En Una isla en el continente de Juan Pablo Miquirray, el viaje por la península de Baja California se convierte en un espejo donde el desierto pregunta si aún es posible vivir en armonía con la naturaleza.
Memorias: Habitar en las alturas de Alejandro Munard nos lleva al páramo de Juntas de Génova, en el Quindío, donde las voces de campesinos, biólogos y ambientalistas entretejen una reflexión sobre el agua como origen y destino de toda vida. La Illa de Iván Molina retrata a la comunidad Uru de Bolivia, que resiste a orillas del lago Poopó, reinventando sus vínculos con el territorio y su identidad en medio del cambio climático. Cuadro de bambú de Santiago Fierro sigue a un artesano en su travesía por la selva peruana, en busca de la caña perfecta, y en el camino descubre la urgencia de cuidar los bosques que sostienen su oficio y su existencia.
Río de pájaros pintados de Marcelo Casacuberta, desde Uruguay, cierra este viaje continental con una travesía en canoa por el río Uruguay: una experiencia de contemplación y reencuentro con lo esencial, con la aventura y la belleza de la naturaleza.
Este ciclo no busca ofrecer respuestas, sino abrir conversaciones. Cada película es una invitación a escuchar los lenguajes de la Tierra, a tender puentes entre comunidades, disciplinas y generaciones. En tiempos de emergencia climática, el cine puede ser también un acto político: un llamado a imaginar futuros donde el agua vuelva a fluir, donde mirar el mundo sea una forma de cuidarlo.
Gracias por permitir ser parte de este importante proceso y tener ascceso a la informacion.