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Mundos que sanan: espiritualidades, símbolos y realismo mágico

8

Abr
2026

Este ciclo reúne seis películas que exploran la sanación como un acto de memoria, resistencia y reconstrucción colectiva. A través de rituales, lenguas, símbolos y saberes ancestrales, las obras convocan una pregunta urgente sobre nuestro tiempo: qué hemos roto como sociedad y qué formas de relación con la tierra, con la comunidad y con nosotros mismos todavía estamos a tiempo de recuperar

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Hay un pueblo en Bolivia donde cada Semana Santa se fabrican discos de barro con una escritura ancestral hecha de ideogramas. Se usan para rezar. Cuando termina la ceremonia, los discos se rompen. Al año siguiente se vuelven a hacer.

Llevan siglos repitiendo ese gesto. Los llut’asqas de San Lucas, en Chuquisaca, son objetos sagrados pensados para destruirse. Su sentido está en volver a hacerse en las manos que amasan el barro, en la comunidad que se reúne y en la memoria que se activa cada vez que alguien decide reescribir lo que ya se rompió.

Esa imagen puede ser una clave para leer este ciclo. Romper para reconstruir. Destruir para renovar. Antes de entrar en las películas, sin embargo, conviene detenerse en una pregunta que atraviesa todo el programa: ¿qué se rompió? ¿De qué estamos intentando sanar?

Una desconexión difícil de nombrar

Vivimos dentro de una velocidad que ya casi nadie cuestiona. Los algoritmos deciden buena parte de lo que vemos, leemos y compartimos. La inteligencia artificial promete optimizar incluso la creatividad. Las pantallas se multiplican mientras el cuerpo permanece quieto.

En 2026, lo eficiente ha ido desplazando a lo significativo. Todo parece medible, cuantificable, automatizable. Aun así, algo esencial se ha vuelto difícil de nombrar. Se siente una desconexión silenciosa con la tierra, con los otros y con aquellas dimensiones de la experiencia que no caben en los datos. Estas seis películas parten, de distintas formas, de esa herida.

Seis películas para pensar la sanación

Este ciclo reúne obras que se acercan a formas de conocimiento que la modernidad quiso dejar atrás, pero que siguen vivas y siguen sanando. En Catemaco, Veracruz, una familia de parteras, hueseras y exorcistas sostiene desde hace más de cuatro décadas un sistema de cuidado comunitario. Río de Sapos (México, 2024) entra en ese mundo con una cámara que se deja llevar por la niebla, los ríos y las ceremonias nocturnas.

En el norte del Cauca, el pueblo Nasa decide recuperar el Saakhelu, su ritual mayor de ofrenda a la Madre Tierra, después de décadas de guerra, masacres y desplazamiento. Saakhelu Kiwe Kame (Colombia, 2019) registra ese proceso durante cuatro años, en una coproducción directa con el Resguardo Indígena López Adentro.

Más al sur, en la Amazonía peruana, Luis Tayori mira las fotografías que los misioneros dominicos tomaron cuando contactaron a su pueblo Harakbut. La voz del Huito (Perú, 2022) narra esa confrontación íntegramente en lengua harakbut. La lengua misma hace parte del proceso de reparación.

El símbolo como espacio de sanación

Estas películas comparten un mismo hilo: el símbolo. A menudo se lo reduce a ornamento, folclor o pieza de museo. Aquí ocurre lo contrario. El símbolo es el lugar donde la sanación toma forma.

Durante el Saakhelu, los Nasa clavan un tronco en un hoyo de tres metros. Ese tronco representa el cordón umbilical con la Madre Tierra. El hoyo, el ombligo del mundo. En La voz del Huito, el fruto amazónico que da nombre a la película marca el cuerpo harakbut como territorio de pertenencia espiritual. Los discos de barro de San Lucas, por su parte, guardan rogativas prehispánicas a la lluvia en ideogramas que sobrevivieron a la colonización transformándose.

Cada uno de esos gestos vuelve tangible lo que parece inasible: la memoria, la identidad, la relación con los muertos, el vínculo con la tierra. En estas películas, sanar es algo que se toca, se mira, se rompe y se rehace.

Fotograma de Un caballo en la alcoba. La irrupción del caballo en el espacio doméstico transforma la escena en una imagen cargada de extrañeza, humor y misterio

Memoria, racismo y reconstrucción

El Disco de Piedra (Bolivia/Chile, 2022) lleva esta lógica al terreno autobiográfico. Geraldine Ovando, hija de los fundadores de Nicobis, viaja con su abuela de 92 años a San Lucas y encuentra una fotografía familiar escondida durante décadas. En ella aparece su bisabuela con pollera indígena, una imagen borrada por una familia que decidió blanquearse socialmente.

La memoria, como el barro, puede endurecerse cuando nadie la toca. También puede volverse frágil cuando alguien decide moverla. Ovando la toca, la filma y la expone. En ese gesto activa una reconstrucción que es íntima, pero también colectiva. Lo que parecía un secreto familiar revela una historia más amplia sobre racismo, negación y herencia.

Una urgencia política del presente

En un tiempo en el que las identidades se simplifican en perfiles digitales y las comunidades se fragmentan, el ritual aparece como una forma de reorganizar lo que el caos dispersa. Recuperar el Saakhelu después de la guerra es un acto de soberanía territorial. Narrar en harakbut, después de que el boom del caucho diezmara al pueblo, es una forma de resistencia lingüística. Desenterrar la foto de una bisabuela con pollera es confrontar el racismo dentro de la propia familia.

Algo similar ocurre en Cipactli: la diosa cocodrilo (El Salvador, 2025), que anima petroglifos salvadoreños y devuelve movimiento a lo que la historia oficial dejó inmóvil. También en Un caballo en la alcoba (Colombia, 2024), donde la cercanía con la muerte se cruza con el absurdo y el humor. Allí la risa no alivia de manera superficial. La risa transforma el miedo.

Mirar de cerca lo que aún podemos rehacer

Quizás la pregunta más incómoda que deja este ciclo no está dentro de las películas, sino frente a ellas. ¿Nosotros, espectadores urbanos, conectados y acelerados, todavía tenemos acceso a ese tipo de experiencia? ¿Existe para nosotros algún equivalente de esos discos de barro? ¿Algo que podamos romper y rehacer juntos? ¿Algo que nos obligue a usar las manos, compartir el tiempo y volver a estar presentes?

Tal vez la respuesta empiece por mirar de cerca. Escuchar a Luis Tayori hablar en harakbut sobre las fotos de quienes vinieron a cambiarlo todo. Ver a una comunidad Nasa clavar un árbol en la tierra para reconectar con los espíritus y seguir habitando un territorio que la guerra quiso vaciar.

Seis películas. Seis países. Un disco de barro que alguien rompe ahora mismo en San Lucas para volver a hacerlo el año que viene. La invitación de este ciclo está ahí: mirar ese gesto con atención y preguntarnos qué rompimos nosotros, y si todavía estamos a tiempo de volver a amasar el barro.

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