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Pablo Chavarría Gutiérrez, el cineasta de la percepción

2

Feb
2017

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Una cierta tendencia del cine mexicano contemporáneo: filmar la inequidad económica, la violencia social y la brutalidad de los sujetos en clave alegórica o de denuncia. Es probable que los directores observen el mundo a su alrededor y se vean convocados a hacer algo al respecto. Las buenas intenciones sociológicas no dan necesariamente como resultado buenas películas. Tampoco es suficiente representar la miseria a secas. El diagnóstico filosófico y el procedimiento estético característico en este cine (metafísicamente) social es el siguiente: el mundo ha sido conquistado por la decadencia; la corrupción es ubicua; el asesinato, una forma legítima de dirimir diferencias; las drogas, un suplemento de la economía y de la identidad; la sexualidad, una descarga instintiva desvinculada del placer. Todo esto se debe contar con un espíritu de gravedad. El hieratismo de los personajes es casi obligatorio, no menos que la densidad física que un plano debe transmitir. La mayoría de las películas mexicanas más premiadas en los festivales participan de esta tendencia, a la que denominé en cierta ocasión la “estética de la sordidez”, que por cierto excede al cine de ese origen. Gran parte del cine latinoamericano y de Europa del Este tienen sus paradigmáticos representantes en la materia. En ese panorama, hay algunos directores que toman distancia. Pertenecen a una segunda línea del cine mexicano y, al expresarlo de ese modo, no se quiere afirmar que estemos frente a un cine poco sólido y deficiente. El gran Raúl Ruiz decía que una cinematografía no se definía por sus autores consagrados sino por la segunda línea. En ese sentido, autores como Nicolás Pereda, Fernando Eimbcke, Pablo Escoto y Pablo Chavarría Gutiérrez se alinean involuntariamente en ese cine “menor” o clandestino. El caso de Chavarría Gutiérrez es peculiar. Este biólogo de formación devenido cineasta cuenta con seis largometrajes y dos cortos precedentes. Todas las películas tienen una cualidad en común: la cámara es sentida como un instrumento de observación de lo circundante, una extensión del ojo orgánico que puede capturar el movimiento de las cosas más allá del límite de la percepción natural. Hay una misteriosa vitalidad en el cine de Chavarría Gutiérrez, y una confianza extraña en la materialidad de todo lo existente, que puede ser filmado o ser considerado estéticamente. Este es el punto de partida. Los temas elegidos pueden cambiar: la repetición de la cotidianidad en la vida de un artista (Alexfilm), la relación de un artesano y su hija y la de ellos con el mundo (El resto del mundo), un vínculo vitalista con la naturaleza (Terrafeni), los intercambios entre los animales y los hombres (Tapetum Lucidum), la privación de la libertad y el derecho a la protesta (Las letras) y la experiencia del movimiento (La Tierra aún se mueve). Lo que no cambia es el método de aproximación a esos temas elegidos. Chavarría Gutiérrez suele prescindir de un conflicto central que estructure sus relatos y priorizar segmentos de intensidad perceptivos que en su conjunto llevan adelante lo que se quiere representar. La pretérita categoría de cine de poesía concebida por Pier Paolo Pasolini resulta aquí pertinente. Los objetivos del registro deben tener un impacto sensorial y modular en la sensibilidad del espectador; se trata de un movimiento de conciencia que se hace sentir por una forma cinematográfica específica. Este joven admirador de Artavazd Pelechian y Jean Epstein, autodidacta y libre, es un ave extraña. Hace un tiempo que vuela en completa soledad y a cierta altura. En las antípodas del cine espectáculo y de ciertos dogmas del cine de festivales, su obra está en evolución. Es fascinante seguir de cerca las derivas de un cine insumiso. Las tres últimas películas El devenir del mundo, de una obra de arte, de un hombre y de su cuerpo. Si tuviéramos que identificar el tema de Alexfilm (eventual inquietud que pueden tener quienes miran e interpretan el horror de la peculiar sensibilidad del biólogo y cineasta autodidacta Chavarría Gutiérrez), habría que apuntar que el centro de este relato poético pasa por filmar la transformación como tal. En cierto pasaje, en el que el desenfoque pretende exteriorizar la experiencia de su personaje principal, un artesano que también pinta, se dice: “La materia está en proceso de formación”. He aquí el centro de gravedad conceptual en el que todos los planos sienten su inclinación. Bajo esta descripción, Alexfilm puede parecer un film abstruso, pero no lo es: de la hora de duración que ostenta, unos 50 minutos son simplemente acciones comunes: limpiar, prepararse el desayuno, fumar, trabajar, pintar, cantar. En el mundo del protagonista, la única gran compañía es un perro (que dará lugar a un buen gag casi imperceptible). Se nos anuncia que en ese día tendrá lugar una cita importante, pero algo sucederá y el encuentro será de otro orden y ya no enteramente de este mundo, momento en el que el film sí adopta una consciente naturaleza tan física como abstracta emancipándose de su trama lineal. El bosque, el protagonista desnudo, su transmutación ontológica y el poder de los relámpagos que iluminan ese tramo no solamente son inolvidables sino que es ese instante el que se desea filmar antes que nada. ¿Qué es lo que sucede? ¿Cómo ocurrió? Una de las claves del film estriba en su enunciación: lo que vemos sucede en tiempo presente, pero la voz que notifica las acciones, que suponemos corresponde al protagonista, siempre se expresa en pasado. Los planos fijos predominan, aunque los movimientos de cámara ocasionales son notorios debido a la heterodoxia de los mismos. La repetición en el montaje es otro recurso perceptible, el cual puede ligarse a esa idea de mutación recién aludida. Y hay además una secuencia de una siesta que no es menos que hermosa. Las letras es la película más consistente del director; la mejor para empezar a apreciar su cine. La letra oficial dice que este film trata sobre Alberto Patishtán, profesor y activista indígena oriundo de El Bosque, Chiapas, que, tras ser condenado a 60 años de cárcel por el asesinato de varios policías (y otros cargos agravantes) y pasar 13 años de vida en prisión, fue indultado por el Poder Ejecutivo Federal de México. Al condenado se lo verá gozar de un baño en un río de montaña con uno de sus hijos. De él también se conocerán sus sentimientos y pensamientos, al leerse tres cartas escritas en el encierro dirigidas a sus hijos y a sus compañeros de lucha. En ellas habla de esperanza, justicia y voluntad. Las letras dirá algunas cosas más a través de imágenes de archivo y una misteriosa reconstrucción visual del escenario del crimen. Hasta aquí y bajo tal descripción se podría pensar en un film convencional con una causa justa que articula su retórica. Pero el cineasta a cargo es Chavarría Gutiérrez, quien confía más que en la retórica en la expresión poéticamente mecánica de una cámara, y por consiguiente su cine está emancipado de la lógica lineal asociada a un argumento que se expone. Es por eso que este film hermoso le adjudica a los travellings heterodoxos que suelen regir la puesta en escena una misión simbólica que se opone a la condición motriz de un hombre inmovilizado en una celda. En la forma está la denuncia y su política. En efecto, en Las letras todo se mueve, porque el film se concibe como un organismo que tiene que abarcar visual y sonoramente la vida circundante, todo eso que sucede mientras un hombre está encarcelado: los trabajadores cosechando frutos de los árboles, los niños jugando en el bosque o subiendo por una escalera interminable, la reunión de la familia en el hogar, y junto a ellos la presencia de un ecosistema exuberante que alberga el universo simbólico de los hombres y lo excede, eso que “emana de las entrañas y late sin ser oído porque no tiene palabra”. Justamente en esa declaración inicial radica el punto de vista de la película, cuya perspectiva inhumana dista de ser gélida y alienta a mirar al mundo como si se tratara de una entidad orgánica y sensible que extiende su perplejidad en el lente de la cámara, que así lo descubre. La última película de Chavarría Gutiérrez enuncia algo así como un credo. En La Tierra aún se mueve, el biólogo y el cineasta están más unidos que nunca. La cita de Jean Epstein al comienzo y, sobre todo, la última oración (“La unidad de lo que mueve y de lo que es movido, la ubicuidad de la vida misma…”) sitúan a la película en un paradigma cinematográfico que no es narrativo sino perceptivo. Chavarría Gutiérrez intenta filmar dos movimientos: el de los que están en la Tierra y el de la propia esfera que flota en el espacio. Lo primero es posible, lo segundo se infiere. En otra cita, sin referencia pero en consonancia con la primera, que no se lee sino que es dicha por la voz de un niño, se afirma: “La tarea del cineasta se parece a la de Planck: encontrar materia oscura que puede deducirse de lo visible”. He aquí dos ambiciosas declaraciones poéticas que un cineasta lanza a su público. La organización física del film consiste en algunos motivos que se repiten (en distintas velocidades) y reverberan a la distancia sugiriendo signos más poéticos que filosóficos, más sensoriales que narrativos: un hombre camina en la calle; una mujer mira desde una ventana; en una ruta, de noche, se ve pasar un auto y a veces a un hombre que se desplaza en dirección contraria. Hay también varios pasajes en los que se descubren animales, plantas y rocas en primerísimos planos que eclipsan el reconocimiento. En otros segmentos solamente se perciben hombres, perros y tortugas. Lo que tiene en común todo aquello que está frente a cámara es que se mueve. El desplazamiento es la condición de lo viviente y los seres se definen en la duración; Chavarría Gutiérrez trata de registrar ese perpetuo devenir. Si el movimiento es el tema del film, entonces la percepción no puede ser fijada. La inestabilidad es aquí la otra dimensión de lo real. Es por eso que por momentos la propia naturaleza de la imagen adquiere pliegues y se menea imitando un poco el movimiento del agua. Por su parte, la materia sonora reniega de la sincronía con la imagen. El sonido es otro movimiento, más misterioso aún que la imagen. La síntesis es inevitable: el cine es el arte del movimiento. Filmografía: -La Tierra aún se mueve (2016) -Las letras (2015) -Alexfilm (2015) -El resto del mundo (2014) -Tapetum Lucidum (2012) -Terrafeni (2012) -Santuario (2011) -Cynomys (2010) Por Roger Koza, de OtrosCines.com, para Retina Latina  
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