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Miradas indígenas: volver a relacionarnos con la vida

9

Ago
2026

Quince películas de Colombia, Ecuador, Bolivia y Uruguay reúnen distintas formas de pensar nuestra relación con la Tierra. Desde la experiencia de los pueblos originarios, el ciclo cuestiona la idea de progreso que ha guiado a nuestra sociedad y abre una reflexión sobre los vínculos que sostienen la vida.

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Durante mucho tiempo aprendimos a contar la historia de la humanidad como una marcha hacia adelante. Cada transformación material parecía confirmar que avanzábamos hacia una vida más libre, más cómoda y más racional. A estas alturas resulta difícil sostener esa promesa sin mirar lo que ha ido quedando en el camino.

La crisis ecológica forma parte de la vida cotidiana de muchos territorios. Sus efectos han transformado las condiciones de vida y han obligado a numerosas comunidades a abandonar los lugares donde han vivido durante generaciones. Buena parte de esta destrucción continúa llamándose desarrollo y se justifica en nombre del crecimiento económico.

Esta realidad obliga a revisar lo que hemos entendido por progreso y a preguntarnos quiénes han asumido sus costos.

Walter Benjamin imaginó la historia a través de un ángel que mira hacia el pasado. Ante sus ojos, los acontecimientos forman una sola catástrofe que acumula ruinas. Una tormenta lo empuja hacia el futuro mientras los restos siguen creciendo. A esa tormenta, escribió Benjamin, la llamamos progreso.

La imagen conserva toda su fuerza. La modernidad convirtió la Tierra en una realidad exterior, disponible para el dominio humano. El territorio comenzó a entenderse como propiedad y el bienestar quedó asociado con la capacidad de producir y acumular. Esta forma de pensamiento transformó nuestra manera de vivir. Aprendimos a valorar el tiempo por su rendimiento y a reconocer el éxito en la acumulación individual. El consumo comenzó a ocupar el lugar de muchas necesidades humanas que permanecían sin respuesta.

La crisis climática hace visible una crisis de relación que viene de mucho más atrás. Nos habla de una civilización que ha olvidado su pertenencia a la Tierra.

Una palabra que viene de los territorios

Las quince películas reunidas en este ciclo llegan desde Colombia, Ecuador, Bolivia y Uruguay. Surgen de pueblos y momentos históricos diferentes. Cada comunidad habla desde la experiencia que ha construido en su propio territorio y esa pluralidad resulta fundamental para comprender el conjunto.

Las películas comparten la preocupación por los vínculos que sostienen la vida y por las fuerzas que amenazan su continuidad. El territorio adquiere una profundidad que desborda la idea de una extensión de tierra. Guarda la memoria colectiva y permite la transmisión de los conocimientos. Los seres humanos comparten ese mundo con otras formas de existencia vinculadas con la experiencia espiritual. Los muertos conservan un lugar dentro del presente y la vida individual encuentra su sentido en una relación que comenzó antes del nacimiento.

Ailton Krenak, pensador del pueblo krenak de Brasil, ha cuestionado la separación entre humanidad y Tierra. Su obra señala los efectos de imponer un único modelo de existencia sobre pueblos que han aprendido a habitar de otras maneras. Para Krenak, postergar el fin del mundo requiere mantener abiertas otras posibilidades de futuro.

Davi Kopenawa, líder y chamán yanomami, ha advertido que las mercancías pueden capturar nuestros sueños y oscurecer el espíritu. Su palabra nace de una Amazonía amenazada por la minería y alcanza a una sociedad que desea objetos sin descanso. Allí reconoce una incapacidad creciente para escuchar a los seres que sostienen la vida del bosque.

Desde la Amazonía ecuatoriana, el pueblo kichwa de Sarayaku propone reconocer el Kawsak Sacha, la Selva Viviente. La selva posee vida y conciencia dentro de una comunidad de relaciones que enlaza la existencia humana con el territorio y el mundo espiritual. Su defensa protege la continuidad de ese tejido.

Territorio y continuidad de la vida

El canto del Maguaré. Palabra de consejo de Dújdulli (Colombia, 2022), TIAM, el retorno (Ecuador, 2021), Helena de Sarayaku (Ecuador–Finlandia, 2021) y Seyn Zare (Colombia, 2022) comparten una comprensión del territorio como fuente de conocimiento y condición de la vida colectiva.

Estas obras relacionan la crisis ecológica con experiencias históricas de extracción y despojo. Sus imágenes hablan desde lugares donde la alteración del clima afecta la alimentación y pone en riesgo saberes formados durante generaciones. También muestran la dimensión política de una palabra que sale de la comunidad y llega a escenarios nacionales e internacionales para defender el territorio.

Cada conocimiento necesita un mundo donde pueda seguir viviendo. La destrucción de ese mundo interrumpe la transmisión y debilita los vínculos que mantienen unida a la comunidad. Reconocer un saber exige proteger los lugares donde conserva su sentido y puede ser entregado a las siguientes generaciones.

Memoria, espiritualidad y sanación

Maü: la voz de nuestros ancestros (Colombia, 2021), Ushui, la luna y el trueno (Colombia, 2019), Ticuna, la danza del espíritu (Colombia, 2014), Puka Urpi (Ecuador, 2025) y Willkawiwa (El sagrado fuego de los muertos) (Ecuador, 2022) se acercan a la sanación desde la relación con los ancestros y con las fuerzas espirituales que acompañan la existencia.

En estas películas, sanar implica recuperar una continuidad interrumpida. La lengua vuelve a enlazar a la persona con su comunidad. La tradición oral encuentra nuevas formas en la ficción. Los ritos reúnen a las generaciones y permiten que los conocimientos vuelvan a circular. La relación con los muertos amplía la experiencia del tiempo y mantiene abierta la comunicación con quienes estuvieron antes.

El saber conserva una responsabilidad para quien lo recibe. Su transmisión requiere preparación y respeto por los límites establecidos por la comunidad. El cine participa de ese proceso mediante imágenes que acompañan la memoria y ayudan a sostenerla.

Historia, derechos y disputa de la mirada

El derecho a existir (Colombia, 2022), Sirionó (Bolivia, 2010), El país sin indios (Uruguay, 2019) y Venciendo el miedo (Bolivia, 2005) entienden la memoria como una fuerza capaz de intervenir el presente.

Estas películas regresan a luchas por el reconocimiento político y por el derecho a decidir sobre la vida comunitaria. La historia oficial ha borrado presencias y ha convertido la violencia en silencio. El cine permite recuperar esas memorias, discutir las promesas incumplidas de los Estados y revisar conflictos que también atraviesan el interior de las comunidades.

La recuperación de la historia fortalece la capacidad de actuar en el presente. Recordar permite exigir derechos, defender la educación propia y construir formas de liderazgo comunitario. La memoria adquiere así una dimensión política que acompaña la defensa de la vida.

Colección de materiales (Colombia, 2024) y La leyenda de Tayos (Ecuador, 2021) dirigen la atención hacia las formas en que el mundo exterior ha observado los territorios indígenas. Ambas obras permiten pensar el deseo de clasificar, extraer y apropiarse de objetos o conocimientos provenientes de otros mundos culturales.

La antigua mirada etnográfica se vuelve objeto de examen. El museo debe explicar las prácticas que separaron las piezas de las relaciones que les daban sentido. La fascinación del explorador también queda bajo sospecha, pues el territorio ha sido imaginado durante siglos como un espacio de secretos disponibles para quien logre descubrirlos.

Un futuro con memoria

Este ciclo exige una escucha cuidadosa. La idealización puede convertir a los pueblos originarios en figuras puras y detenidas en el tiempo. Sus comunidades habitan el presente, atraviesan conflictos y emplean herramientas contemporáneas para defender su autonomía. Sus conocimientos conservan su fuerza dentro de las luchas concretas que protegen los territorios.

Estas películas interrogan el mundo que aprendimos a considerar inevitable. Su palabra cuestiona la idea de un futuro trazado por un único camino y recuerda que los conocimientos de los pueblos originarios pueden ofrecer orientaciones fundamentales para atravesar la crisis contemporánea.

La vida se entiende aquí como una relación recibida. Cada generación asume durante un tiempo la responsabilidad de cuidar un mundo que existía antes de su llegada y que deberá continuar después de ella.

Ver este ciclo puede ayudarnos a comprender que la Tierra siempre ha estado dentro de nuestra experiencia. El agua forma nuestro cuerpo y el territorio hace posible cada alimento. Nuestra existencia depende de una red de vida que nos precede y nos excede.

Reconocer la fractura abre la tarea más difícil. Debemos aprender nuevamente a relacionarnos con la vida.

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