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Lux Aeterna, de Carlos Tribiño Mamby

13

Jul
2017

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Cualquier cineasta, debutante o experimentado, empieza un film conociendo o desconociendo un principio poético que lo guía. Se supone que con el tiempo un director aprende y no es solamente llevado por la intuición, término este último que todo lo resuelve sin otorgarle nada concreto a quien intenta entender un fenómeno cualquiera y las causas de una posición. ¿Tribiño conoce su principio?

Antes de proseguir, ¿qué es un principio poético? En todo film existe un principio organizador de la totalidad de sus formas, una primera concepción que da lugar a otras y las encadena. En Lux Aeterna ese principio recae en el sonido y no en la laboriosa y obsesiva composición visual. La respiración de los dos viejos agonizantes determina el ritmo y el sentido del film. Dejar de respirar es morir, y esta película es esencialmente sobre la muerte en total soledad.

En efecto, Tribiño elige un paraje hermoso de Colombia. Las montañas son imponentes y cada encuadre denota la preocupación para que esa evidencia natural deslumbrante se imponga a la vista. Pero la preminencia de la respiración de un hombre y una mujer que ya han pasado los 80 años es todavía más omnipresente que las figuras de una naturaleza que prácticamente no tiene relación con la civilización. La vitalidad y también su opuesto se cifran en el esfuerzo desmedido de los protagonistas por respirar. ¿Un efecto especial? No, pero cumple sin duda con la función de uno.

El otro acierto de Tribiño es apelar a un recurso infaltable en el cine, pero no siempre trabajado con ingenio. Las elipsis en Lux Aeterna son narrativamente significativas y ejemplares: el paso del tiempo es mayor del que se percibe, aunque la radicalización salvaje de las plantas del interior de la casa de los viejos, la cual desconoce una progresión lenta, está al borde del subrayado. Es el signo más reconocible de que el tiempo del relato no es el tiempo en el relato.

Filmar la muerte es intentar filmar lo infilmable, el fuera de campo de todo el cine. No hay cine de los muertos, no hay cine del otro mundo. El registro de una cámara solamente devuelve fragmentos de tiempo y espacio del innegable mundo de los vivos. Por eso, siempre que se decide filmar la transición de la vida a la muerte se pone en juego algo mayor que una estética. En este pequeño film, Mamby confía en que puede llegar tan cerca de todo este asunto permaneciendo cerca del último sonido ligado a la vida. Escuchar el último respiro, antes de ingresar al fundido en negro. Hasta ahí llega Tribiño.

Es una pena que tras esa constatación empírica del fin de una vida y el tiempo del luto de quien ha sobrevivido a ese muerto, Tribiño ingrese el sonido tristísimo de un chelo para cerrar su delicado retrato. Ese procedimiento acartonado para tipificar la tristeza va a contramano de la poética del film; no lo necesitaba, aunque tampoco destituye sus ostensibles aciertos.

Por Roger Koza, de OtrosCines.com, para Retina Latina

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