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Lo que ellas cuentan: cine hecho por mujeres

8

Mar
2026

Un ciclo para explorar cómo cambian los modos de sentir en común y se amplía nuestro tejido simbólico cuando las mujeres asumen el lenguaje audiovisual.

Imagen destacada de la entrada

Una película parece, a primera vista, tiempo de entretenimiento, pero en realidad instala una manera de percibir: ordena lo que vemos, lo que escuchamos, lo que creemos entender. Cada decisión —desde dónde se mira, cuánto dura una escena, qué se deja fuera— va modelando significados que luego circulan fuera de la pantalla. Vivimos inmersos en un tejido simbólico hecho de imágenes, palabras, gestos; el cine borda allí, a veces con puntadas finas, a veces con golpes secos. Por eso la pregunta central además de qué “pasa” en una película, es tambien qué tipo de mundo vuelve pensable.

“Lo que ellas cuentan: cine hecho por mujeres” se estrena hoy 8 de marzo (Día mundial de la mujer) con una apuesta: leer el cine hecho por mujeres como una forma de construir sentido en común. La autoría, se entiende como asumir decisiones que moldean esa percepción colectiva: desde dónde se mira, cómo se administra el tiempo, qué lugar ocupan la voz y el silencio, cómo se monta, qué se hace con el archivo, qué atmósfera se deja crecer. Cuando esas decisiones se vuelven visibles, la mirada se desplaza y lo sensible se reordena: cambian las jerarquías de lo que cuenta, de lo que merece atención, de lo que una cultura aprende a nombrar.

El cine fabrica sentido con herramientas concretas. Un plano decide qué entra al mundo y qué se queda afuera. Un corte arma relaciones que antes no existían. Un silencio sostenido puede volver visible algo que la palabra aplana. Cuando esas decisiones cambian de manos, cambia el repertorio de sentido disponible. Se modifica el tipo de emoción que una sociedad se permite, el tipo de memoria que considera legítima, el tipo de duelo que tolera.

Conviene nombrar el origen material de ciertas desigualdades sin caer en fatalismo. La asimetría biológica existe: gestación, parto y lactancia implican riesgo, tiempo y reorganización del cuidado. La pregunta decisiva llega después y es histórica: cómo se administra el tiempo, el cuidado y la autorización a partir de esa condición. Ahí se construye el permiso: quién puede ausentarse, quién puede insistir durante años en una práctica, quién puede fallar sin perder credibilidad. En el cine —arte caro, industrial, jerárquico— ese permiso aparece como acceso a redes, a recursos, a confianza profesional. Y la confianza, en un set, se nota como electricidad: a unos cuerpos se les cree antes de que hablen; a otros se les pide prueba, paciencia, docilidad. Cuando ese permiso se reparte con sesgo, también se reparte con sesgo lo que una cultura llega a ver como posible, decible y filmable.

La sala completa la ecuación. Una película cambia según quién la mira. Un gesto íntimo adquiere dimensión pública en ciertos territorios; un silencio pesa distinto cuando el público ya conoce el miedo por dentro; una escena cotidiana vuelve política cuando la cámara decide quedarse ahí, sin “subir” a la épica. En esa variación vive una idea central de este ciclo: la forma ordena el mundo. Y por eso importa mirar qué ocurre cuando quienes asumen esa forma —las decisiones de encuadre, tiempo, sonido, montaje— son mujeres. Lo que cambia es el tipo de sentido que se vuelve compartible, el modo en que una cultura aprende a nombrar lo que vive y a imaginar lo que todavía no sabe decir.

Fotograma «El alma quiere volar»

Si la forma ordena el mundo, este ciclo apuesta por ensanchar el sentido con el que nos relacionamos entre nosotros y con lo que llamamos “realidad”. Cine hecho por mujeres, en este marco, nombra una toma de autoría: mujeres que asumen el lenguaje audiovisual para proponer formas de percepción que han tenido menos permiso de circular. Cuando esas formas entran en la conversación pública, el tejido simbólico se vuelve más complejo y más vivo; aparecen matices, contradicciones, zonas que antes quedaban aplanadas.

Las películas de este ciclo comparten procedimientos narrativos que trabajan el sentido: tiempos que dejan respirar el duelo, veranos donde el deseo desacomoda un vínculo, casas donde el ritual nombra lo que la familia calla, migraciones filmadas en la fricción diaria, cantos que guardan memoria, collages que tratan a la nación como montaje. Ahí se sostiene la apuesta: cuando estas maneras de ver —puestas en circulación por autorías de mujeres— ganan espacio público, el tejido cultural se reordena. Cambian las palabras disponibles, cambian las sensibilidades, cambian los acuerdos tácitos sobre lo que importa.

La pregunta, entonces, va al centro: ¿qué se transforma en una sociedad cuando estos procedimientos abren otras formas de percibir la vida y de darle sentido?

La diversidad de miradas tiene impacto en la vida práctica: define qué relatos circulan, cuáles se discuten, cuáles se vuelven archivo, cuáles se usan para decir “así fuimos” o “así somos”. La cultura se sostiene en relatos: los que repite, los que discute, los que archiva, los que pone a circular. Cuando cambia quién narra —y bajo qué condiciones puede narrar— cambian también los modos de sentir en común. Un continente no se transforma solo por lo que legisla o por lo que produce; también se transforma por las formas que vuelven pensable el dolor, el deseo, la memoria, la hospitalidad.

Este ciclo se propone como introducción a esa zona: mirar películas y, al mismo tiempo, percibir cómo se construye el sentido mientras la historia ocurre. A veces basta un segundo que se estira —un silencio que dura un poco más de lo esperado— para que algo se desplace. En ese segundo se juega algo. ¿Qué se mueve en la mirada cuando la autoría cambia de lugar y el mundo se ordena con otras decisiones?

Películas del ciclo (títulos para explorar en Retina Latina):

  • Agárrame fuerte — Uruguay — Ana Guevara y Leticia Jorge
  • Nina & Emma — Uruguay — Mercedes Cosco
  • El canto del Auricanturi — Colombia / Argentina — Camila Rodríguez Triana
  • El alma quiere volar — Colombia / Brasil — Diana Montenegro García
  • El gran viaje al país pequeño — Uruguay — Mariana Viñoles
  • Gertrudis Blues — México — Patricia Carrillo
  • Puerto Escondido — Bolivia / Chile — Gabriela Paz Ybarnegaray
  • Adela — Perú — Samanta Peralta Alcarazo 

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