Latido afro: memorias, cuerpos y futuros
May
2026
Seis películas de América Latina y su diáspora responden a través del símbolo Sankofa: mirar hacia el pasado para recoger lo esencial y avanzar. Este ciclo es un pulso que recorre el cimarronaje, el rito, el oficio y el deseo, demostrando que la región no puede comprenderse sin el latido constante de la cultura afrolatinoamericana.
Sankofa y la memoria que llama desde atrás
Un ave avanza con la cabeza vuelta hacia atrás. Lleva en el pico algo pequeño, frágil y necesario. Su cuerpo camina hacia adelante, pero su mirada busca en otra dirección. Esa imagen pertenece a Sankofa, una palabra de origen akan, vinculada a los pueblos de Ghana y a los símbolos adinkra. Suele usarse para recordar que es posible mirar al pasado y recoger de allí algo necesario para avanzar. En esa escena hay una intuición que vale la pena destacar: algunas memorias, cuando han sido separadas de su lugar, siguen llamando desde atrás.
Las películas reunidas en este ciclo se acercan a distintas zonas de la experiencia afrodescendiente en América Latina y la diáspora. En ellas aparecen la esclavización y el cimarronaje, la expulsión de un barrio, el duelo de un sabedor, la persistencia de un oficio, la soledad migrante y el deseo de un cuerpo envejecido. Cada historia toca una pregunta semejante desde un lugar distinto: ¿qué queda vivo cuando una historia ha sido herida?
Una historia atravesada por el Atlántico
Hablar de lo afro-latinoamericano exige acercarse a una historia de desarraigo. Millones de personas africanas fueron arrancadas de sus territorios y llevadas por la fuerza a través del Atlántico para sostener los sistemas coloniales de América. La trata esclavista produjo una ruptura radical del vínculo humano. La violencia cayó sobre los cuerpos y atacó los nombres, las lenguas, los parentescos y las formas de pertenecer a un territorio. Esa historia pertenece al pasado y sus efectos siguen respirando en el racismo contemporáneo, en la distribución desigual de la tierra y la ciudad, y en los relatos nacionales que han empujado la presencia afro hacia un lugar secundario.
Paul Gilroy, sociólogo y pensador británico especializado en cultura negra, diáspora y modernidad, pensó esa experiencia desde la imagen del Atlántico Negro: un espacio de tránsito, violencia y creación que desborda las fronteras nacionales. Esa idea ayuda a comprender que la identidad afrodescendiente en América se formó en movimiento, en fractura y en recomposición. Entre orillas marcadas por el viaje forzado surgieron formas culturales imposibles de encerrar en una sola nación o en una genealogía limpia. Lo afro-latinoamericano lleva esa condición atlántica: una memoria atravesada por la pérdida y, al mismo tiempo, por la capacidad de rehacer mundo en territorios nuevos.

Tecnologías de vida
Ese mundo rehecho aparece en prácticas concretas. Un canto fúnebre puede acompañar el tránsito de los muertos y sostener a los vivos. Un tambor puede guardar una memoria barrial que el archivo oficial no supo escuchar. Un palenque o un quilombo pueden convertir la fuga en territorio. Un oficio puede conservar en las manos aquello que una comunidad todavía necesita transmitir. A esas prácticas podemos llamarlas tecnologías de vida: saberes creados para sostener la existencia allí donde el orden colonial quiso producir desposesión. Su tarea es abrir continuidad.
Beatriz Nascimento, historiadora, poeta y activista afrobrasileña, pensó el quilombo como una forma de permanencia negra, una organización del espacio y de la vida después de la violencia esclavista. Esa mirada permite leer el palenque, el barrio, el taller, el rito y hasta la pantalla como lugares donde una comunidad reúne fragmentos dispersos para producir relación. La cultura afrodescendiente aparece entonces como una historia de la recomposición. Donde hubo ruptura, se inventaron vínculos. Donde hubo expulsión, se levantaron territorios. Donde el archivo oficial calló, la voz y el gesto conservaron lo que podía perderse.
América Latina también es Améfrica
Lélia Gonzalez, intelectual, antropóloga y activista afrobrasileña, ofrece otra clave decisiva. Su idea de Améfrica Ladina permite mirar América Latina desde una verdad muchas veces negada: la región no puede comprenderse plenamente sin reconocer la profundidad de sus memorias negras e indígenas. América Latina ha querido narrarse con frecuencia desde la herencia europea o desde proyectos de mestizaje que blanquearon sus relatos nacionales. La amefricanidad de Gonzalez rompe esa comodidad. América Latina también es una región negra. Esa afirmación altera la manera en que el continente se mira a sí mismo, porque desplaza lo afro del margen y lo sitúa en la estructura íntima de su formación cultural.
La herida que sigue abierta
Ese reconocimiento, sin embargo, pierde fuerza cuando convierte lo afro en celebración plana. La belleza cultural afrodescendiente convive con tensiones abiertas. La visibilidad puede transformarse en exotización. La memoria puede volverse folclor cuando se separa de la historia del racismo. La idea de diversidad puede quedarse en vitrina cuando evita tocar las desigualdades que siguen marcando la vida afrodescendiente. La herida permanece allí, incluso cuando aparece rodeada de música, fiesta o color. Permanece en la ciudad que expulsa, en el oficio que ya casi nadie aprende, en el migrante que intenta pertenecer, en la voz mayor que duda antes de cantar, en el cuerpo negro que todavía pelea por ser visto sin estereotipo.
Por eso este ciclo no busca reconciliar demasiado rápido la herida. Prefiere acercarse a sus pulsaciones. Estas películas abren una zona distinta de esa historia viva.

Películas que se acercan al latido
Nyanga (México)
En la obra de Medhin Tewolde Serrano, la memoria vuelve al cimarronaje. La película anima la historia de Gaspar Yanga, figura afromexicana asociada a la rebelión contra la esclavitud y a la fundación de un pueblo libre. La elección del teatro de sombras y del cine hecho a mano tiene una resonancia profunda: ante un archivo colonial que registró la vida negra desde la mirada del poder, la animación inventa una imagen donde había ausencia. El cuerpo capturado por la maquinaria esclavista recupera una fuerza de insurrección. Nyanga (México) abre el ciclo desde una memoria de libertad: allí donde se quiso producir obediencia, una comunidad imaginó otra forma de habitar el mundo.
Raíces de Ansina (Uruguay)
La película desplaza la pregunta hacia la ciudad. El Conventillo Ansina, en Montevideo, fue un espacio fundamental para la comunidad afrouruguaya y para la memoria del candombe. Su desalojo durante la dictadura revela una violencia que combina racismo, higienización urbana y expulsión territorial. Cuando una comunidad es expulsada de su territorio, también se intenta interrumpir una forma de relación. La película permite pensar la reparación como una disputa por el derecho a habitar, a nombrar el daño y a mantener viva una memoria barrial que no cabe en una placa conmemorativa.
El alma cuando sale (Colombia)
En la obra de Mauricio Prieto y Santiago Lozano, la herida se vuelve voz. José Roberto Rivas, sabedor de cantos y rezos fúnebres del Pacífico colombiano, atraviesa una crisis de fe tras la muerte de su compañera. Su silencio amenaza algo que lo excede: una tradición espiritual sostenida por cuerpos concretos, por memorias orales y por comunidades que acompañan el tránsito entre la vida y la muerte. La película escucha ese momento frágil en el que una voz puede quebrarse y, con ella, una genealogía entera puede quedar en riesgo. Aquí la memoria afrodescendiente vive en el canto y en la capacidad de acompañar el dolor ajeno cuando el propio dolor todavía no encuentra forma.

Pasaje de ida (Perú)
La película de Víctor Augusto Mendívil Garavito se acerca a otra forma de permanencia: el oficio. Rafael Félix Castrillón Lavalle, maestro juguetero afroperuano y ex Mister Perú, encarna una memoria que pasa por las manos. Su cuerpo cuenta una transformación: de la fuerza pública del fisicoculturista a la paciencia íntima del artesano. En esa labor paciente, la identidad afroperuana aparece fuera de los lugares comunes de la música o la danza. Se expresa como maestría técnica, relación con la materia y cuidado de una tradición que todavía busca futuro.
Borom Taxi (Argentina)
La película de Andrés Guerberoff trae al ciclo una diáspora contemporánea. Mountakha, migrante senegalés en Argentina, camina Buenos Aires con la distancia de quien intenta hacerse un lugar en una ciudad ajena. Su vida está atravesada por el trabajo precario, la lengua que no siempre alcanza y la presencia lejana de su familia. La historia afro es una migración sur-sur y como cuerpo racializado en el presente. Mountakha mira la ciudad y la ciudad lo mira. En ese cruce se revela una tensión íntima: llegar a un lugar no garantiza pertenecer a él. La pertenencia debe negociarse cada día.
Candelaria (Colombia, Cuba, Alemania, Noruega y Argentina)
La película de Jhonny Hendrix Hinestroza abre una zona inesperada dentro del ciclo. La película transcurre en la Cuba de los años noventa y sigue a Víctor Hugo y Candelaria, una pareja mayor que vive en una isla marcada por la precariedad. El hallazgo de una cámara de video transforma su intimidad. A través de esa imagen nueva, los cuerpos envejecidos vuelven a encontrarse, a jugar, a desear, a mirarse. La presencia de un protagonista afro mayor permite desplazar la mirada habitual sobre el cuerpo negro. Aquí hay un cuerpo vulnerable y vivo, capaz de recuperar deseo cuando el mundo parece haber decidido que ya no hay nada por descubrir.
Lo que sigue latiendo
Quizá por eso la palabra “latido” resulta precisa. Un latido no se ve siempre, pero puede sentirse bajo la piel, en los intervalos, en aquello que insiste sin necesidad de ocupar todo el espacio. El latido afro de este ciclo cambia de forma según la película que lo escuche. En una obra puede sentirse como impulso de libertad; en otra, como reclamo de permanencia, como duelo, como oficio, como distancia o como deseo. Su fuerza está precisamente en esa capacidad de atravesar experiencias distintas sin volverse una imagen única.
Esta región se formó entre cruces, negaciones y herencias que muchas veces entraron en conflicto. Mirar lo afro-latinoamericano implica mirar una parte profunda de la región: una parte explotada, celebrada superficialmente o silenciada, que sigue produciendo pensamiento, forma y futuro.
Sankofa vuelve entonces como, el ave que avanza, pero no abandona lo que quedó atrás. En estas películas, mirar hacia el pasado incentiva el movimiento. Permite recoger una fuerza. Una historia de dolor puede contener también una memoria de invención. Una herida puede seguir abierta y, al mismo tiempo, sostener formas concretas de vida. Algo fue arrancado, algo fue dispersado, algo fue negado. Pero algo sigue ahí, latiendo. Algo que la historia no logró apagar.