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La mujer en el cine latinoamericano: de minorías, miradas y cupos

17

Nov
2016

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El cine, como uno de los modos de representación social más impactantes y masivos, siempre trabaja alrededor de las mujeres. El gran inconveniente de este enunciado es que trabaja “alrededor de” y no “con” las mujeres. En el nuevo cine latinoamericano la llegada de la mujer -su intrusión en este mundo de hombres viriles y altivos- se produjo con escasas, pero notables directoras: las argentinas Lucrecia Martel, que en 2001 desembarcó con la majestuosa y subversiva La ciénaga, o Lucía Puenzo con XXY, esa película ambigua, irreverente y sombría; Claudia Llosa, quien desde Perú nos ofreció su muy interesante La teta asustada, en la que abordaba el tema siempre vigente de la violencia política; o la chilena Dominga Sotomayor, que desplegó tanto en sus cortos como en sus largometrajes (por ejemplo, De jueves a domingo) historias sensibles de familias imperfectas, como todas las familias. Estas películas, entre otras, visibilizaron aquello de lo que el cine latinoamericano carecía: una mirada femenina desde adentro, cámara en mano. Esos films permiten entrever no sólo las problemáticas de “las mujeres” sino que muestran además el revés de la trama de los conflictos femeninos. Desde ese origen casi fundacional, llegamos hasta el estreno este año de Rara, dirigida por la chilena Pepa San Martín, donde el interés está centrado en el mundo de las mujeres alejadas de los hombres, en la compleja constitución de esa familia que necesita hacerse carne de la ética de lo femenino y a la vez interrogar la moral social. Sin duda, esta película es rara -como expresa su título- sobre todo pensada en el ámbito de una sociedad particularmente arraigada al orden patriarcal como la chilena. Estas estrategias textuales certeras muestran el acceso, aún escaso, de las mujeres al ámbito audiovisual, ya un tanto alejado del realismo mágico tan caro al cine y a la literatura de América Latina, dejando de lado la metáfora y la alegoría como búsquedas y procedimientos principales. Estas directoras comienzan a ver y a verse como parte de un contexto donde el régimen patriarcal es imperante, no sólo en el universo del cine sino sobre todo en lo social. Pero los interrogantes se imponen:
¿Hay alguna distinción entre el filmar de un hombre y el de una mujer? ¿Filman las mujeres de manera diferente a los hombres? ¿Es más sensible el cine hecho por mujeres? Todas estas preguntas suponen pensar a las mujeres como un una especie de colectivo social extraño, casi como pensar en cierta forma de la marginalidad ¡Nadie se interroga acerca del cine hecho por hombres!
Muchas de estas estas cuestiones siguen siendo difusas, pero lo que sí está claro es que hay en el cine actual hecho por mujeres una persecución del deseo diferente, la mirada femenina sobre el deseo -como motor narrativo o estético- es otra. No hay un cine de hombres y otro de mujeres, lo que sí hay es una mirada diferente sobre los objetos culturales, un ritmo particular, un modo de encarar los materiales fílmicos disímiles. Sin embargo, viendo por ejemplo las carteleras que se renuevan semanalmente o los circuitos de los festivales, el cupo o el porcentaje de mujeres directoras es escaso. Por eso, cuando aparecen en el horizonte cinematográfico estas miradas deseantes encarnadas por mujeres, todo se vuelve particular. Cuando una mujer filma el presente los escenarios son otros, porque ellas van a contrapelo de la concepción del espacio que doctrinariamente apela a la intimidad, a ese universo privado; esas casas, esas cocinas, ese universo limitado a lo doméstico. Sabemos que los espacios son lugares de síntesis, los cuerpos son quienes lo recorren, lo habitan, lo identifican con sus sensualidades femeninas a contramano de los preceptos de época. En general solemos encontrarnos con una continua representación de la violencia y el sadismo contra las mujeres, sin demasiados límites respecto a lo que debe ser mostrado o no, reproduciendo continuamente una imagen estereotipada y victimizada de las mujeres, recurriendo a la cosificación y a la fragmentación de los cuerpos. Esto sucede y seguirá sucediendo. La siempre presente desigualdad entre el hombre y la mujer deja una herida imposible de suturar con facilidad, también el poder socioeconómico es básicamente masculino, el opresivo régimen patriarcal y machista, enquistado sobre todo en Latinoamérica -ver si no los crímenes de Ciudad Juárez-, ocultan el verdadero deseo femenino. Se dirá que la violencia es estructural, pero no se puede negar que, de un tiempo a esta parte, las víctimas somos específicamente nosotras y el reclamo finalmente ha tocado la puerta del presente. Habrá que estar atentos a lo que hacen las mujeres en el cine después de los actos infames que cometen tantos hombres, esa violencia desatada que ejercen sobre los cuerpos femeninos, violencias simbólicas y de las otras, las reales. Esos cuerpos que se mostraron sin pudores en fotografías, en videos y hasta en las marchas ejemplares de “Ni una menos” que se propagó por toda la región. Aquellas heroínas de los mundos privados, esas mujeres fatales del cine negro, esas amas de casa distantes y distraídas que habitaban melodramas líquidos, vacuos, deberán, de una vez por todas, mostrarse en su lucha, en su salvaguarda, empuñando con fuerza la cámara, la pluma y la palabra. El cine es por el momento cosa de hombres, pero es hora de que las nuevas directoras puedan incluirse en ese orden que las excluye, puedan generar una fuerza centrípeta y a la vez centrífuga que dé cuenta de los temas, de los relatos, de las historias que realmente interesan a todos. El cupo femenino no necesita una ley para ampliarse, necesita más mujeres activas en el cine, en el arte, en la crítica, en la vida. Por Marcela Gamberini, de OtrosCines.com, para Retina Latina
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