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La ciudad que cambia: historias del derecho a permanecer

10

Jun
2026

Un ciclo sobre ciudades que cambian y la gente que se queda en ellas, aun cuando el progreso, el olvido o la violencia la empujan afuera.

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Toda ciudad nace de una concentración. El trabajo y la vivienda se juntan en un mismo suelo, y esa cercanía obliga a depender de gente que uno no eligió. Con los años la concentración deja rastro: oficios que se inventan en el cruce, conflictos que se heredan. La ciudad es esa acumulación de actos entre extraños.

En América Latina esa concentración tuvo una intensidad particular. La administración colonial trazó muchas de nuestras ciudades para gobernar el territorio, con el poder ordenado alrededor de la plaza. Siglos después, la migración del campo las convirtió en una promesa: llegar era buscar trabajo o, al menos, anonimato. Las películas reunidas en La ciudad que cambia: historias del derecho a permanecer miran lo que fue quedando de esa promesa.

Cuando las relaciones se concentran, también se aceleran. Los usos del suelo se disputan y se reemplazan con una velocidad que el campo no conoce; cambian las formas de ganarse la vida y hasta las maneras de reconocerse. Cada transformación vuelve a abrir una pregunta que parecía resuelta: quién puede permanecer.

Permanecer tiene capas. Alguien puede conservar su dirección y aun así ser desplazado: el oficio que sostenía se vuelve inviable, o el barrio empieza a ser narrado desde el prejuicio y caminarlo se convierte en otra cosa. Hay desplazamientos que ocurren sin camiones de mudanza.

Las películas del ciclo recorren esas capas, cada una desde su propia ciudad. Dos miran Quito. Érase una vez en Quito (Ecuador, 2025) recuerda la ciudad a través de sus antiguas salas de cine, esos espacios donde una comunidad se reunía a imaginar. Ciudad a la Espalda (Ecuador, 2023) acompaña a dos mujeres recicladoras que cargan a cuestas una parte de la vida urbana que la imagen oficial deja afuera. En La Siberia (Colombia), la ruina de un mundo industrial guarda el eco de una comunidad obrera que se dispersó cuando la fábrica cerró y se llevó con ella una manera de vivir.

Mi Barrios Altos querido (Perú, 2019) mira Lima desde un barrio histórico donde el patrimonio convive con la dignidad popular. Allí el desplazamiento ocurre primero en el lenguaje, cuando el barrio es contado desde el prejuicio.

En las películas uruguayas la pregunta se hace más elemental: para permanecer, primero hace falta un lugar. La perrera (Uruguay / Argentina / España / Canadá, 2006) lo busca en una casa en construcción, y levantarla resulta una tarea física y casi absurda, expuesta a la intemperie. Aparte (Uruguay, 2002) filma a jóvenes que viven dentro de la ciudad, en una zona que la sociedad prefiere mirar de lejos. El bella vista (Uruguay, 2012) sigue un mismo espacio que fue club de fútbol, luego bar-prostíbulo trans y al final capilla; cada cambio de uso encierra una disputa por los cuerpos que pueden habitarlo.

En La ciudad de las fieras (Colombia, 2021), Medellín es una herida que viaja en el cuerpo de un joven obligado a dejar su entorno, un desplazamiento que pasa de una generación a otra.

Antes de expulsar a alguien, el relato oficial lo simplifica: el barrio se convierte en problema; la recicladora, en sombra. Las películas de este ciclo hacen el camino contrario. Se detienen en el peso del reciclaje sobre una espalda, en la hora exacta en que un muchacho cruza la frontera invisible de su barrio. Le devuelven a cada vida la densidad que el rótulo le había quitado, y entonces la pregunta por quién puede permanecer ya no se deja responder tan rápido.

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