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Jorge Sanjinés: el cine como herramienta de Lucha

28

Jul
2025

Desde sus primeros pasos con el Grupo Ukamau, Jorge Sanjinés entendió que filmar era intervenir en la historia. Sus películas nacen desde y con las comunidades, y transforman la cámara en un espacio de encuentro, memoria y resistencia.

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La trayectoria de Jorge Sanjinés Aramayo (La Paz, 1936) es inseparable de la historia política y cultural de América Latina. Desde sus inicios en la Escuela Fílmica Boliviana, el realizador entendió que el cine podía y debía ser un arma de transformación social. Seis décadas después, sus filmes siguen interrogándonos sobre los dilemas de la memoria, la justicia y la identidad. En su declaración durante un encuentro de documentalistas en Mérida, Venezuela, en 1968, afirmó que «no era suficiente denunciar, que era necesario hacer películas de combate, para intervenir en la realidad» 

Con esa convicción, Retina Latina presenta en 2025 una retrospectiva de cinco obras esenciales—gratuitas y en línea—que condensan la evolución estética y política de Sanjinés: Ukamau, Yawar Mallku, Llukshi Kaimanta, Insurgentes y Juana Azurduy, guerrillera de la Patria Grande.

Estilo y aporte cinematográfico

Desde el principio, Sanjinés asumió que la forma debía estar al servicio del cambio colectivo. Su obra se sostiene sobre cuatro pilares: el cine como instrumento de lucha, la comunidad como protagonista, el plano secuencia integral y la fusión entre estética y ética. Cada uno de estos principios se concreta en decisiones visuales y narrativas que rompen con la tradición autoral y desplazan el centro del relato hacia los sujetos históricos que lo encarnan.

El plano secuencia integral, tal vez su hallazgo formal más citado, pretende “filmar el tiempo indígena”, un presente expandido donde pasado y futuro coexisten en el mismo flujo de imágenes. Del mismo modo, su apuesta por el cine junto al pueblo rehúye la lógica del director‑autor para compartir con las comunidades la construcción del guion, la actuación y la difusión de la película. Así, la cámara se convierte en espacio de negociación cultural y la proyección en un acto de pedagogía política.

Orígenes y fundación del Grupo Ukamau (1966–1969)

La década de 1960 marcó el nacimiento del Grupo Ukamau, laboratorio colectivo que redefinió el lenguaje cinematográfico boliviano. Con Ukamau (1966), primer largometraje hablado en aymara, Sanjinés desplazó la mirada eurocéntrica sobre los Andes y otorgó a los campesinos la autoridad de narrar su propia historia. La recepción internacional fue inmediata: la película ganó el Gran Premio de la Semana de la Crítica en Cannes y consagró a su autor como figura del Nuevo Cine Latinoamericano.

Tres años más tarde, Yawar Mallku (1969) llevó la indignación a un punto de no retorno. Al denunciar las esterilizaciones forzadas perpetradas por el Cuerpo de Paz estadounidense, la cinta desencadenó un escándalo diplomático que terminó con la expulsión de la organización. Sanjinés comprendió entonces que la cámara podía ser más temida que un panfleto. Sin embargo, aquella victoria reveló también una tensión: ¿cómo equilibrar la complejidad estética con la claridad necesaria para llegar al público popular? Esa pregunta atravesará todo su cine posterior.

Fotograma de Ukamau (1966), primer largometraje hablado en aymara.

Los años 70 y el exilio

La irrupción de la dictadura militar en Bolivia obligó a Sanjinés y al Grupo Ukamau a continuar su labor fuera del país. Entre Perú y Ecuador filmaron Jatun Auk’a (1973) y Llukshi Kaimanta (¡Fuera de aquí!) (1977), esta última disponible en la retrospectiva. Rodada con comunidades campesinas ecuatorianas, la película narra la resistencia frente a la minería y al despojo de las tierras ancestrales, convirtiéndose en un manifiesto contra la colonización interna que atraviesa la región.

El exilio radicalizó la apuesta por el protagonista colectivo: los límites entre actor y personaje se desdibujan, y la puesta en escena reconstruye hechos reales con quienes los sufrieron en carne propia. La experiencia confirmó la viabilidad de una estética de combate, capaz de adaptarse a nuevos territorios sin renunciar a la raíz andina que nutre su imaginario.

El retorno a la democracia, el retorno a Bolivia

Con el restablecimiento de la democracia a comienzos de la década de 1980, Sanjinés regresó a Bolivia y comprobó hasta qué punto sus películas habían alimentado la conciencia popular. Este reencuentro cristalizó en el documental Las banderas del amanecer (1982), codirigido con Beatriz Palacios, donde las organizaciones obreras y campesinas aparecen como sujetas de una historia que escriben en colectivo.

El proyecto más ambicioso de ese periodo, La nación clandestina (1989), requirió una década de maduración y la formulación teórica del plano secuencia integral. Estrenada en San Sebastián—donde obtuvo la Concha de Oro—, la cinta articula danza, mito y memoria para reivindicar la dignidad de los pueblos originarios. Su éxito internacional confirmó que una exploración formal arraigada en la cosmovisión andina podía dialogar de tú a tú con los grandes debates estéticos del cine mundial.

Los años 90: resistencias y contradicciones en el cine

La oleada neoliberal complicó la producción en celuloide y agudizó las fracturas culturales. En esta etapa se rodaron películas como Para recibir el canto de los pájaros (1995) que retrata un equipo de cineastas urbanos enfrentado a la cosmogonía de una comunidad que no acepta ser mero objeto de representación. Al filmar este desencuentro, Sanjinés cuestiona su propio rol intelectual y expone las fisuras entre el discurso emancipador y las prácticas concretas de poder.

Lejos de refugiarse en la nostalgia, el director convirtió la crisis en motor de reflexión: ¿cómo sostener un cine político cuando la pantalla se fragmenta y la lógica del mercado avanza sobre la memoria colectiva? La respuesta, parcial pero contundente, fue abrirse a nuevas tecnologías y seguir apostando por la construcción conjunta del relato.

El nuevo siglo y el horizonte del bicentenario

El cambio de milenio encontró a Sanjinés consagrado, pero lejos de acomodarse. Con Los hijos del último jardín (2004) abrazó el formato digital para explorar el desencanto de una juventud atrapada entre la corrupción y la búsqueda de justicia. El soporte ligero permitió filmar con mayor libertad y acercarse a nuevas audiencias.

En Insurgentes (2012) y Juana Azurduy, guerrillera de la Patria Grande (2016)—ambas disponibles en Retina Latina—reconstruyó cinco siglos de rebeliones indígenas y reescribió la independencia desde una mirada popular y feminista. La épica, advierte el cineasta, no pertenece a los próceres de mármol, sino a los pueblos que, generación tras generación, han defendido la dignidad sobre la que se erige el continente.

Fotograma de la película Juana Azurduy, guerrillera de la Patria Grande

Insurgencias que laten en la pantalla

El recorrido por la obra de Jorge Sanjinés nos deja la sospecha de que las imágenes pueden sublevarse: cuando los pueblos filman su propia memoria la cámara se transforma en una herramienta de lucha, un gesto de resistencia comunitaria. La insurgencia late en cada fotograma: irrumpe cuando la imagen desafía al poder, y la indignación, sin demora, exige reescribir el guion del presente.

Esta es una invitación abierta a  mirar, sentir y dejarse interpelar por las cinco películas que Retina Latina libera por tiempo limitado. Entre la pantalla y tus ojos quizá descubras que la verdadera épica se filma para agitar el presente y, con suerte, mover el mundo un milímetro; la dirección de ese movimiento aún está por filmarse.

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