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Gertrudis Blues, de Patricia Carrillo

20

Oct
2016

Admiradora del Indio Fernández y Andréi Tarkovski, Patricia Carrillo trabaja sobre sus materiales con una simplicidad y un tono cauto que ninguno de sus referentes ostentaban en sus respectivas estéticas.

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En el inicio de los créditos, los planos generales fijos de un territorio presentan un mundo. Lo que se ve es interceptado por lo que se oye; una disonancia sin subrayados, una discreta advertencia. La voz de una mujer entona una melodía misteriosa que no parece pertenecer al universo simbólico del paisaje predominante. Se reconoce de inmediato la precariedad; así lucen cientos de pueblos de Latinoamérica. Pero la canción no es la de siempre. Sucede que Gertrudis Vázquez, la protagonista octogenaria de este breve documental, canta como sus ancestros, esos que llegaron del África como esclavos al Nuevo Mundo, allí en donde una imperfecta democracia se fundaba en los ambiciosos discursos de Thomas Jefferson y Walt Whitman, demasiado utópicos para el poderoso hombre blanco que siempre afianzó su riqueza a través de maniobras repudiables; decidir sobre los cuerpos y las almas de los hombres, es decir, legitimar la esclavitud, le garantizaba una fuerza de trabajo gratuita. En efecto, Vázquez es uno de los miembros de una pequeña comunidad de los mascogo, instalada en El Nacimiento, municipio de Múzquiz, Cohaila, descendiente de africanos que escaparon de Estados Unidos a México porque allí podían entenderse con los pueblos originarios que habitaban el país lindante sin prescindir de sus libertades. Del otro lado de la frontera, las condiciones de vida eran otras. La esclavitud ha sido siempre una invención del hombre blanco. Admiradora del Indio Fernández y Andréi Tarkovski, Patricia Carrillo trabaja sobre sus materiales con una simplicidad y un tono cauto que ninguno de sus referentes ostentaban en sus respectivas estéticas. Aun así, Carillo no se restringe al registro testimonial. Sin duda, la simpatiquísima Gertrudis mira a cámara y cuenta su historia, que es también la historia de su pueblo. Cumple así la misión de recolectar y comunicar una experiencia colectiva. Es un relato de pérdidas y fugas, pero también de resistencia y solidaridad. No obstante, la directora no se conforma con la contundencia de la oralidad de su personaje. Carillo entrecruza entonces el testimonio de la protagonista con algunos planos de la comunidad, incluso deja entrever la descendencia inmediata y la transmisión de una cultura que sigue vigente. Sus decisiones formales más evidentes recaen en el uso de viejas fotografías que se funden con algunos planos de la anciana caminando o haciendo alguna tarea; también recurre a unos travellings veloces cuando visita el cementerio en donde descansan todos los hermanos de la protagonista y su esposo; hay una búsqueda formal para conjurar la chatura de muchos documentales del tipo que creen impropio preocuparse por la forma. Es un primer film, lo que aquí es un gesto y una intención. Pero lo más hermoso de la película reside en la inserción de un spiritual cantado en inglés que tiene una inmediata reverberación de una cultura foránea y que no puede asociarse al ecosistema predominante ante la mirada. En esa disociación entre la expresión artística y la evidencia natural está la clave de este film, en el que la inmigración forzada no es otra cosa que un capítulo entre otros de la historia universal de la infamia. Por Roger Koza, de OtrosCines.com, para Retina Latina

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