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Entrevista a realizadores y productores del especial Ruge el gallo | Canta el jaguar

28

Abr
2021

Imagen destacada de la entrada

En el marco de nuestro quinto aniversario nos aliamos con DOC:CO, la Embajada de Francia en Colombia y su Oficina de Cooperación para los Píses Andinos. En conjunto logramos presentar una muestra de cinco películas que dan cuenta de la vitalidad del cine de la región.

Aquí les traemos tres conversaciones con realizadores y productores que hicieron parte del proceso de algunas de esas obras, desde distintas perpectivas. Esperamos que disfruten estas entrevistas en donde podrán saber más sobre el cine joven latinoamericano.

Retina Latina (RL): Guillermo, su formación inicial fue en biología, que luego abandona para enfocarse en sus estudios en filosofía, comunicación y educación ¿Qué lo lleva a regresar a la biología y en especial a la botánica como materia de su ópera prima? 

Guillermo Quintero (GQ): Todo parte de un largo recorrido en el que fueron encajando poco a poco diferentes piezas hasta llegar a la realización de Homo botanicus. Yo me gradué de biología en la Universidad Nacional de Bogotá en el año 2004. Durante mis estudios allí me acerqué a diferentes áreas en diferentes momentos de la carrera. Una de esas áreas fue justamente la sistemática vegetal, rama de la botánica que se encarga de la clasificación de las plantas, gracias a la cual conocí al profesor Julio Betancur, uno de los protagonistas de Homo botanicus. Durante su curso, Julio me marcó mucho por su carisma, su pasión por la botánica y por la enseñanza, y su imagen me acompañaría durante mucho tiempo, aún luego de dejar la biología. 

Hacia el final de la carrera, tuve muchas dudas sobre la manera en la que funciona la práctica científica, sobre el dogmatismo de la ciencia misma, y terminé alejándome de la idea de convertirme en un científico. Poco a poco me acerqué entonces a la biología teórica, a la filosofía de la biología, y a la epistemología, nuevos terrenos desde donde podía explorar la ciencia bajo otro ángulo. Por eso mismo, después de obtener mi diploma, y de una experiencia en la televisión educativa, decidí irme a Francia para continuar mi formación en filosofía. Una vez allá, se fueron dando algunos eventos que durante varios años me fueron llevando a la realización de la película. 

El primero de esos eventos fue el encuentro con un grupo de jóvenes colombianos interesados en la difusión del cine colombiano. Dentro de ese grupo, que más tarde se llamaría “El Perro que Ladra”, creé lazos intensos con amigos que trabajaban directa o indirectamente con el cine, y que de una u otra forma influyeron en mi camino. Posteriormente, gracias a Gustavo Vasco, me hice amigo de un grupo de cineastas que habían estudiado en la escuela de cine la Femis en París, y que terminarían siendo mis maestros en mi formación cinematográfica. Y finalmente, tuve también una experiencia que marcó mi entrada al mundo del cine documental desde la práctica misma. En un momento en el que yo estaba sin trabajo y con un futuro poco prometedor, una gran amiga me heredó su trabajo como reportero-cámara corresponsal en Francia para dos canales en Colombia. Trabajé allí 3 años, lo que me permitió perderle el miedo a la cámara, ganar experiencia en el medio audiovisual, sobre todo, ahorrar algo de dinero. 

Y todo ello se fue dando rodeado por un sentimiento de nostalgia que crecía con el tiempo. Una nostalgia ligada a mi pasado en Colombia y a mi antiguo sueño de ser un explorador de sus bosques tropicales. Había ya pasado mucho tiempo en Francia sin haber vivido la experiencia de partir junto una expedición, de verme rodeado por la maraña verde de alguna selva en compañía de algunos compañeros exploradores, de sentir el placer de la exploración científica, del misterio de algún descubrimiento. Con el tiempo, ese sentimiento se fue convirtiendo en una metáfora que me hablaba de mi nostalgia por la ciencia, por la biología, y por esa práctica que rechacé muchos años atrás. Y en mi cotidiano parisino, en los momentos en los que más me invadía ese sentimiento, pensaba siempre en Julio Betancur, ese antiguo profesor, y imaginaba entonces que partía de nuevo junto a él a cualquier bosque, y me veía una vez más con mis botas de caucho, mi camisa, y mi sombrero, siguiendo al maestro. 

En un momento dado esta nostalgia se hizo muy grande y me llevó a tomar la decisión de volver a vivir ese pasado. Pero claro, no podía hacerlo como el antiguo estudiante que ya no era, ni como el botánico que nunca fui. Se presentó ante mí entonces la evidencia de que tenía que volver, al bosque, a una expedición con Julio, a vivir ese pasado, a través de una experiencia cinematográfica. Tenía ya las herramientas para hacerlo, estaba bien rodeado, y el salto fue completamente natural. Así nació Homo botanicus. 

RL: En Homo botanicus usted desempeña varios roles que van desde el guión hasta la producción ¿Cómo fue su experiencia en combinar estos distintos modos de hacer para concretar Homo Botanicus? 

GQ: El desarrollo del proyecto se dio dentro de un proceso muy personal como debe suceder en muchos de los documentales que hoy llamamos documental de autor o documental de creación. Dentro de la mayoría de esos procesos el autor está presente y es muy difícil poder diferenciar sus roles. El realizador es entonces, al mismo tiempo, director, guionista, productor, y en algunos casos, camarógrafo, personaje… Por ejemplo, cuando yo comencé a pensar en la idea, y comencé a escribir, ya estaba pensando en cómo filmar las expediciones, en cómo financiar el viaje, en lo que quería contar, etc. La mayoría del tiempo, esos “oficios” se mezclan constantemente, de manera indistinta, dentro del rodaje, dentro de la edición, e incluso dentro de la distribución

En la realización de Homo botanicus ese diálogo constante entre esos roles se dio de una manera muy orgánica y para mí era muy natural poder mezclarlos sin ningún artificio. Por supuesto, hay momentos en los que hay que asumir claramente sólo uno de esos roles, pero los otros están siempre allí, esperando su turno para aparecer. 

RL: Homo Botanicus es una producción colombiana con participación financiera y artística francesa ¿Cómo llegó la coproducción con Francia?

GQ: En realidad Homo botanicus nació en Francia. En un principio, yo inicié mi camino solo, y con inversión propia hice un primer rodaje de investigación. En el segundo rodaje logré que me acompañaran dos amigos franceses, Marc-Olivier Brullé sonidista, y Zoé Cauwet, realizadora. A partir de esa experiencia junto a ellos, el proyecto comenzó también a interesar a otros amigos del mismo grupo de amigos cineastas de la Femis, que tienen una productora llamada Stank. Hablamos del proyecto, vimos algunas imágenes, y nuestra amistad se fue extendiendo hasta llegar a un pacto de producción. Fueron ellos los que me acompañaron a partir de ese momento en la escritura y en el desarrollo creativo del proyecto y se convirtieron rápidamente en mis complices. Junto a ellos hice otros rodajes y avanzamos en la consolidación del proyecto y en un momento decidimos que era importante contar con un socio colombiano. Fue cuando nos asociamos con Casatarántula, junto a los que, poco tiempo después, ganamos el premio de producción del FDC. A partir de ese momento seguimos el recorrido junto a ellos hasta hoy. 

RL: Hablemos de la ruta de circulación de la película. Homo Botanicus tuvo su recorrido por festivales como Dok Leipzig (Alemania) y fue ganadora del premio a la Mejor Película Internacional de la sección documental del 36º Festival de Cine de Turín (Italia) y aquí en Colombia estuvo en el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias. Más allá de la ruta de festivales ¿Cómo ha sido el recorrido de la película desde su estreno comercial en 2019 y su encuentro con los públicos?

GQ: Aparte de la experiencia en festivales, el encuentro con el público, tanto en Colombia como en Francia, ha sido fantástico. En Colombia, junto a Docco, trazamos una estrategia de distribución que permitió varios encuentros en escenarios muy distintos. En compañía de Julio Betancur, y Cristian Castro, los protagonistas de la película, pudimos acompañar muchos de estos encuentros en Bogotá, en la Cinemateca y en Cine Tonalá, en Cali en la Cinemateca del Museo la Tertulia, y en Medellín, en el Colombo y en el MAMM. Por su parte, en Francia, gracias a una distribución que hemos diseñado junto a Stank, ha habido muchas proyecciones puntuales, que van desde una proyección en el Centro Georges Pompidou de París, hasta proyecciones o giras por pueblos en medio de zonas rurales, en los Pirineos, en Bretaña en Normandía, etc. 

Y la sensación es siempre la misma: poco importa la proveniencia del público, su edad, o su oficio. Homo botanicus toca a las personas que tienen una cierta sensibilidad por el mundo natural, por el placer de la exploración, por el amor de la enseñanza, por la magia del imaginario de la selva. ¿Cómo no fascinarse ante la fascinación de Julio y Cristian por sus amadas plantas? 

Es curioso que cuando quisimos explorar la idea de distribuir la película con Cine Colombia, la respuesta fue negativa porque, según ellos, Homo botanicus era una “película de nicho”, que sólo le hablaría a los biólogos o a los caminantes, y que el “público general” no se vería identificado. La experiencia nos ha mostrado ahora que, por el contrario, la aventura de Julio y Cristian dialoga con una imagen de Colombia y de la selva que muchos tenemos guardada en alguna parte sin necesidad de ser botánicos o biólogos. Es esa misma imagen que despierta esa pasión por la efervescencia de la naturaleza en el trópico, por su exploración imaginaria, por el misterio de su riqueza, en públicos muy variados. 

RL: ¿Qué le recomendaría usted a jóvenes realizadores y realizadoras, que quieran buscar coproducir con Francia?

GQ: Lo mejor es trabajar en su escritura, consolidar su proyecto, y tratar de encontrar los espacios en donde se puedan dar un primer encuentro (mercados, talleres, etc). En Francia hay muchos productores que buscan proyectos internacionales en este tipo de eventos. Pero claro, encontrar productor es como encontrar una pareja. Primero, pasa por un ejercicio de seducción, de afinidad, y, a largo plazo, de constancia en la relación. Por ello es importante que lo que prime sea una visión conjunta sobre una manera de ver el mundo, sobre una manera de producir, sobre una manera de crear. Porque conozco casos en los que se establece una relación que se da sólo por la emoción de encontrar un productor, pero luego esta relación se perturba, y termina en una separación inevitable que puede traer consecuencias nefastas para el realizador y su proyecto.

RL: ¿Qué piensa de iniciativas para circular el cine latinoamericano como esta alianza entre DOC:CO, la Embajada de Francia y Retina Latina? ¿Cree que aportan a mejorar la circulación del cine latinoamericano y a encontrar nuevas audiencias? 

GQ: Me parece genial porque permiten prolongar la existencia de esas películas y generar más espacios de encuentros con públicos nuevos, con diferentes soportes, y crear más diálogo entre las obras y sus creadores. Conozco de cerca la labor de DOC:CO y admiro mucho esa voluntad y esa fuerza que tiene para crear y apoyar este tipo de iniciativas. DOC:CO en 3 años ha creado un impulso muy poderoso que ha dado mucha vida al cine fuera de los circuitos cerrados de exhibición comercial. Y claro, Retina Latina ha hecho lo propio desde su plataforma, gracias a la cual este cine ha llegado a muchos otros espacios y espectadores del país que de otra manera no tendrían acceso a estas obras.

Retina Latina (RL): ¿Por qué hacer La Paz? ¿Cuál diría usted que fue la principal transformación del proyecto desde lo concebido hasta la producción? 

Tomás Pinzón (TP): Yo hice el documental porque creía y creo en la paz. Siempre creí que era importante acercarse y recorrer Colombia con nuestros propios ojos para hacernos nuestra versión del conflicto. Espero que las personas que vean el documental se den cuenta que en ese momento los guerrilleros, además de voluntad de paz, tenían sueños, esperanzas y miedos. Me parece que al entender la vida cotidiana y conectar a la gente con los guerrilleros, desde un punto de vista humano más no político, se pueden desarmar algunas conciencias que todavía anhelan guerra. Si la gente entendiera que la guerra no es como la han pintado, entonces nos acercaríamos a confrontar nuestras versiones y visiones del conflicto para llegar a la conclusión lógica e inevitable de que lo mejor siempre será la paz.

RL: Usted tuvo su formación como cineasta en Francia y sus primeras experiencias como realizador fueron en el exterior. Regresa al país en el 2015 para trabajar en el proceso de su documental La paz ¿Cómo fue su experiencia creativa desde esa cierta distancia que da la diáspora para abordar un tema histórico y político tan crucial para el país? 

TP: La distancia me dio objetividad. El mayor reto de un documentalista con un acceso así de íntimo a ese momento histórico, es el de conservar su visión con objetividad. Para esto, desde antes armé un equipo en el cual los tres teníamos puntos de vista diferentes sobre el conflicto colombiano. El camarógrafo era francés y no cargaba con los prejuicios que el sonidista o yo podíamos tener. Cada vez que sentía que estábamos siguiendo una pista narrativa que carecía de autenticidad o que me estaban echando cuento, me reunía con mi equipo a pensar y confrontar ideas para así no desviarnos de nuestro principal objetivo, que siempre fue el de no juzgar sino observar. Por otro lado, el desafío de poder entablar conversaciones auténticas con ellos, evadiendo todo tipo de propaganda política y centrándose más en el humano, fue un gran reto. Esto se logró abriendo el corazón en una exploración recíproca en la cual nuestros puntos en común nos hicieron, tanto a ellos como a nosotros, bajar finalmente la guardia. El otro gran reto fue mantener a mi equipo funcionando, ya que las condiciones en la selva pueden ser muy duras psicológicamente para alguien que no está acostumbrado. La selva puede ser a la vez paraíso y otras veces prisión.

RL: La paz es una producción colombiana de Las 2orillas y también tiene participación financiera y artística francesa ¿Cómo llegó la coproducción con Francia?

TP: La Paz existe gracias a la combinación de y el apoyo de los dos países . 

En Colombia fue muy difícil encontrar fondos y recursos y alguien que creyera en este proyecto ya que desafiaba muchos paradigmas y podría a futuro generar muchos estigmas. El productor François Margolin, quien ya había producido películas sobre grupos alzados en armas alrededor del mundo como los Peshmerga kurdos o Los Talibanes se metió a la película con toda. Arriesgo sus propios fondos y recursos para que la película se hiciera fundamentalmente porque creía (y cree) firmemente que Colombia “no podía ser ese mismo vinilo rayado de la guerra para siempre”. La ayuda de Maria Elvira Bonilla fue fundamental también ya que ella con sus largos años de experiencia periodística nos ayudó a llegar y obtener el acceso tan íntimo que tuvimos.  

RL: Hablemos de la ruta de circulación de la película. La paz obtuvo premios en Perú y en Francia, y en Colombia ganó el premio del público a mejor documental en el Festival Internacional de cine de Cartagena en el 2019.  Se estrena en el 2020 en el país -en una estrategia híbrida presencial-virtual- en el contexto de las condiciones críticas sanitarias, sociales y económicas a causa de la Covid-19 ¿Por qué apostar al estreno en estas condiciones y qué efectos ha tenido esta estrategia para la visibilidad de la película y su encuentro con los públicos?

TP: Hasta ese momento la película ya había dado la vuelta al mundo. En el exterior los públicos y la crítica entendieron muy rápido la importancia histórica del documental resaltando su valor humano y observacional. Sin embargo, en Colombia siempre fue difícil llegar a distribuidores y públicos más allá de festivales o espacios académicos. Docco le apostó y ha logrado que la película no solo encuentre su público sino que haya inaugurado ciclos importantes de cine como el de “Que Haiga Paz” impulsado por la Cinemateca/Idartes y La Comisión de la Verdad. Esta postura de Docco de apostarle a películas nacionales que desafían paradigmas y monopolios además durante una pandemia es una muestra del coraje y la persistencia de Consuelo Castillo y su equipo. Todavía no hemos logrado mi objetivo principal que es el de convencer a los que se oponen a la paz de ver el documental, eso es un esfuerzo arduo y que entendemos tiene que perdurar en el tiempo. 

RL: ¿Qué le recomendaría usted a jóvenes realizadores y realizadoras, que quieran buscar coproducir con Francia?

No solo con Francia sino en general que tomen riesgos, que toquen puertas, que vayan a festivales y sitios donde puedan crear oportunidades. La Paz podría seguir guardada en un disco duro sino hubiera ido a la fiesta de celebración de un documental en un festival en 2017. Me estaba tomando un vino y le hablé a un francés que estaba solo. Resultó ser François Margolin, el productor de la película. El trabajo con los franceses es muy grato ya que permite un diálogo intercultural que enriquece todo el proceso creativo. En mi caso fue fundamental la confrontación de ideas con mi editor Camille Lotteau. 

RL: ¿Qué piensa de iniciativas para circular el cine latinoamericano como esta alianza entre DOC:CO, la Embajada de Francia y Retina Latina? ¿Cree que aportan a mejorar la circulación del cine latinoamericano y a encontrar nuevas audiencias? 

TP: Sin duda, las alianzas con embajadas en estos temas son cruciales. Sobre todo si pensamos que la mayoría sino la totalidad de los gobiernos europeos apoyan la paz. Mientras más alianzas existan para que el cine colombiano pueda salir de su nicho y existir a nivel nacional e internacional más rápido podremos hacer crecer nuestra industria que además en estos momentos se encuentra en peligro.

Retina Latina (RL): ¿Cómo se encontró con estos dos proyectos? ¿y por qué tomó la decisión de sumarse como coproductor?

David Hurst (DH):

La vida en común:

Conocí al director Ezequiel Yanco, quien también es el principal productor de la película, durante el Buenos Aires Lab (que se realiza en paralelo al Bafici) en abril de 2018. Me habían invitado a este laboratorio para los proyectos “en desarrollo” y por curiosidad también asistí a las proyecciones de los rushes/fragmentos de los proyectos “en construcción”. Fue allí donde descubrí 10 minutos de La vida en común y me impactó. Inmediatamente me conmovió mucho la mirada de Ezequiel sobre estos adolescentes en una comunidad indígena de la Pampa Argentina. Al día siguiente, me envió un primer corte de alrededor de hora y media, hablamos mucho y unos días después, de vuelta en Francia, le confirmé que quería involucrarme en la película. Pero como la película se había rodado casi en su totalidad y la postproducción ya había comenzado en Argentina, era demasiado tarde para solicitar financiación en Francia. Sin embargo, invertí fondos de mi empresa para participar con los gastos de posproducción. En esta película, mi trabajo consistió principalmente en acompañar el montaje, especialmente en lo que respecta a la voz en off del personaje principal, que fue íntegramente imaginado y concebido durante la postproducción. Fue una bella colaboración, y un año después, pude acompañar a Ezequiel al Festival Visions du Réel en Suiza, donde la película tuvo su estreno mundial. Desde entonces, la película ha recorrido el mundo, en muchos festivales y en algunas plataformas.

La desaparición:

Soy el productor de esta película. Ya había producido otra película del director, Jonathan Millet, que es francés. Siempre se ha interesado por culturas e identidades aisladas del mundo moderno y amenazadas. Una vez me habló de las lenguas en peligro de extinción, y así fue como descubrió a Amadeo, el protagonista principal de la película, el último hombre que habla taushiro, en el norte de Perú. Organizamos un primer scouting en abril de 2018, con la ayuda de Nicolás Gómez, ingeniero de sonido y director colombiano (a quien había conocido durante la coproducción de la película Modelo Estero, coproducida en Colombia con Janus Films y Señal Colombia) . Luego gané una convocatoria de proyectos de un canal de televisión local del País Vasco (Kanaldude), lo que me permitió solicitar y ganar fondos audiovisuales en Francia (CNC, Région Nouvelle-Aquitaine, Procirep). Justo antes del rodaje, busqué la ayuda de Diana Ramos, una productora de Bogotá a la que conocía, quien me brindó un importante apoyo logístico y se convirtió en la coproductora de la película. El rodaje tuvo lugar en junio y julio de 2019, en condiciones muy difíciles, ya que el pueblo de Amadeo se encuentra en una zona muy aislada de Perú. Sofia Oggioni, la directora de fotografía y camarógrafa colombiana, hizo un hermoso trabajo. Hicimos la edición y postproducción de la película en Francia, entre París y Burdeos, y la película se terminó justo antes de la pandemia Covid, en febrero de 2020. Desafortunadamente, y a pesar de que la película es un testimonio muy fuerte de la desaparición de las culturas indígenas, se ha visto un poco afectada por la pandemia y hemos tenido dificultad para difundirla.

RL: En un proyecto audiovisual, un coproductor puede desempeñar distintos roles que le aportan al desarrollo de la obra ya sea desde el punto de vista financiero, artístico, técnico ¿En qué dimensiones se ha involucrado usted con los proyectos latinoamericanos que ha coproducido?

DH: Mi inversión en las películas que he coproducido en Latinoamérica es diferente cada vez, porque cada película es un prototipo. Empecé a trabajar en una película francesa que se rodó en Argentina, después, a raíz de una invitación al BAM en julio de 2016, conocí Colombia, donde descubrí muchos talentos, una energía increíble, un país que de inmediato me fascinó, por su inmensidad, su diversidad, su dolorosa historia y su forma de luchar, a pesar de todo.

Hoy trato de posicionarme en los proyectos lo antes posible. Después de los encuentros humanos y artísticos que pueden tener lugar en laboratorios, mercados, festivales, trato de participar lo más posible en la escritura de las películas. Esta colaboración es fundamental, para que lleguemos a un entendimiento con los directores y productores sobre la película que queremos hacer. A veces mi mirada ayuda a aclarar ciertos puntos en un guión, para que sean entendidos por una audiencia internacional, y no solo local. Al mismo tiempo, también presionó a los directores para que asuman aún más la singularidad de sus puntos de vista; si uno siente el deseo del director por la historia que está contando, la historia tiene la capacidad de conmover universalmente, pues al final se trata de dar rienda suelta a las emociones.

Luego, como productor con sede en Burdeos, en la región de Nouvelle-Aquitaine, siempre trato, dependiendo de las necesidades de las películas, de proporcionar financiación regional, nacional y europea al mismo tiempo. En una película brasileña que rodaremos a fin de año (Casa no Campo de Davi Pretto), he ganado el apoyo de la Región y del World Cinema Fund Europa.Finalmente, apoyo las películas en todas las etapas. En La Roya, de Juan Sebastián Mesa, visité Colombia muchas veces, durante el scouting, durante el casting, durante el rodaje y dos veces más para la edición. Es una colaboración constante, humana, artística, técnica y económica. Y por supuesto, no me olvido de la proyección de las películas, porque cuando Francia se involucra en un proyecto latino, abre más fácilmente ventanas de difusión en Francia y en Europa, en cines o en televisión.

RL: ¿Qué le recomendaría usted a jóvenes realizadores y realizadoras, así como a productores y productoras latinoamericanos que quieran buscar coproducir con Francia?

DH: Realmente no tengo ningún consejo que dar.

La primera pregunta es si la película que quieres hacer necesita una coproducción y a qué público quieres llegar. Es cierto que Francia tiene muchas fuentes de financiación para películas extranjeras. Por tanto, es necesario, en cada caso, interesarse por todos los espacios que permitan conocer a los productores franceses. Festivales latinos como Festival de Biarritz América Latina (septiembre) o el Cinélatino de Toulouse, grandes mercados de coproducción, como Berlín o San Sebastián, pero también todos los festivales y mercados que existen en Latinoamérica – BAM, FICCI, Guadalajara, Br Lab, Brasil Cinemundi, Bafici, Ventana Sur, donde por lo regular están presentes los productores franceses. Luego, debes intentar apuntar a las personas con las que quieres trabajar. La mayoría de las empresas tienen líneas editoriales específicas. También hay que tener un deseo claro y fuerte de una película, aunque aún no esté escrita. Es sobre todo este deseo el que convencerá a otros de unirse a su aventura.

RL: ¿Qué piensa de iniciativas para circular el cine latinoamericano como esta alianza entre DOC:CO, la Embajada de Francia y Retina Latina? ¿Cree que aportan a mejorar la circulación del cine latinoamericano y a encontrar nuevas audiencias?

DH: Creo que esta es una gran iniciativa y, en cierto modo, es parte del futuro de la difusión de películas de autor. Pero quiero decir que sigo apegado a la sala de cine, que sigue siendo un lugar único para una experiencia social y sensorial.

Incluso antes de la pandemia, ya se estaba volviendo difícil mostrar cine de autor al público. Creo que conformar un programa editorializado, llevado a cabo por diferentes organismos, con medios de promoción diversificados e importantes, en una plataforma que emite en varios países al mismo tiempo, durante un período determinado, es ciertamente una clave para la sensibilización de nuevos públicos y a la vez para complacer a los cinéfilos experimentados.

Retina Latina (RL): Comment avez-vous rencontré ces deux projets? Et pourquoi avez-vous pris la décision de se réjoindre comme co-producteur?

David Hurst (DH):

La vida en común:

J’ai rencontré le réalisateur Ezequiel Yanco, qui est aussi le producteur principal du film, lors du Buenos Aires Lab (qui se tient en parallèle du Bafici) en avril 2018. J’avais été invité à ce lab pour les projets “en développement” et par curiosité je suis aussi allé assister aux projections des rushes / extraits, des projets “en construction”. C’est là que j’ai découvert 10 minutes de LVEC, et ça m’a bouleversé. J’ai tout de suite été très touché par le regard d’Ezequiel sur ces adolescents dans une communauté indigène de la Pampa argentine. Dès le lendemain il m‘a envoyé un “ours” (rough cut) d’1H30 environ, on a longuement parlé et quelques jours plus tard, de retour en France, je lui ai confirmé que je voulais m’engager sur le film. Mais comme le film était quasiment entièrement tourné et que la post-production avait déjà bien démarré en Argentine, il était trop tard pour solliciter des financements en France. J’ai malgré tout investi des fonds de ma société pour participer aux dépenses de la post-production. Sur ce film, mon travail a essentiellement consisté à accompagner le montage, notamment en ce qui concernait la voix-off du personnage principal, qui a été entièrement imaginée et conçue pendant la post-production. Ça a été une très belle collaboration, et un an plus tard, j’ai pu accompagner Ezequiel au Festival Visions du Réel en Suisse, où le film a fait sa Première mondiale. Depuis, le film fait le tour du monde, dans de très nombreux festivals et sur quelques plateformes.

La disparition:

Je suis le producteur de ce film. J’avais déjà produit un autre film du réalisateur, Jonathan Millet, qui est français. Il a toujours été intéressé par les cultures et les identités qui sont coupées du monde moderne et qui sont menacées. Il m’a un jour parlé de langues en voie d’extinction, et c’est comme ça qu’il a découvert Amadeo, le personnage principal du film, le dernier homme qui parle le Taushiro, au nord du Pérou. On a organisé un premier repérage en avril 2018, avec l’aide de Nicolas Gomez, un ingénieur du son et réalisateur colombien (que j’avais rencontré lors de la coproduction du film Modelo Estero, coproduit en Colombie avec Janus Films et Senal Colombia). Puis j’ai remporté un appel à projets d’une chaîne de télévision locale au Pays Basque (Kanaldude), ce qui m’a permis de solliciter et de gagner des fonds audiovisuels en France (CNC, Région Nouvelle-Aquitaine, Procirep). Juste avant le tournage, j’ai sollicité l’aide de Diana Ramos, une productrice de Bogota que je connaissais, elle m’a apporté un soutien logistique important et elle est devenue la coproductrice du film. Le tournage a eu lieu en juin et juillet 2019, dans des conditions très difficiles, le village d’Amadeo étant dans une zone vraiment très isolée du Pérou. La chef op était Sofia Oggioni, de Colombie, elle a fait un très beau travail. Nous avons fait le montage et la post-production du film en France, entre Paris et Bordeaux, et le film a été terminé juste avant la pandémie du Covid, en février 2020. Malheureusement, alors que le film est un témoignage très fort de la disparition des cultures indigènes, il a été un peu sacrifié par la pandémie, puisque nous avons du mal à le diffuser.

RL: Dans un projet audiovisuel, un co-producteur peut se dérouler dans différent rôles qui contribuent au développement de l’oeuvre, soit du point de vue financier, artistique, technique, etc. Dans quelle dimensions avez-vous vous s’impliqué avec les projets d’Amérique Latine dont vous avez été co-producteur?

DH: Mon investissement dans les films que je coproduis en Amérique Latine est à chaque fois différent, car chaque film est un prototype. J’ai commencé à travailler sur un film français qui s’est tourné en Argentine, puis, après une invitation au BAM en juillet 2016, j’ai découvert la Colombie, où j’ai découvert de nombreux talents, une énergie incroyable, un pays qui m’a tout de suite fasciné, par son immensité, sa diversité, son histoire douloureuse et sa manière de combattre, malgré tout.

Aujourd’hui, j’essaie de me positionner sur des projets le plus tôt possible. Après les rencontres, humaines et artistiques, qui peuvent se faire dans des labs, des marchés, des festivals, j’essaie de participer le plus possible à l’écriture des films. Cette collaboration est essentielle, pour que l’on s’entende avec les réalisateurs et les producteurs sur le film qu’on veut faire. Parfois, mon regard permet d’éclaircir certains points d’un scénario, pour que ceux-ci soient compris par une audience internationale, et pas seulement locale. Je pousse aussi dans le même temps les réalisateurs à assumer encore plus la singularité de leurs points de vue; si l’on sent le désir du réalisateur dans l’histoire qu’il raconte, universellement on peut être touché, car il s’agit de laisser libre cours aux émotions.

Ensuite, en tant que producteur installé à Bordeaux — en Région Nouvelle-Aquitaine — j’essaie toujours, en fonction des besoins des films, d’apporter à la fois des financements régionaux, nationaux et européens. Sur un film brésilien que nous tournerons à la fin de l’année (Casa no Campo de Davi Pretto), j’ai ainsi remporté le soutien de la Région et du World Cinema Fund Europe.

Enfin, j’accompagne les films à toutes les étapes. Sur La Roya, de Juan Sebastian Mesa, je me suis rendu en Colombie de nombreuses fois, pendant les repérages, pendant le casting, pendant le tournage et deux autres fois pour le montage. C’est une collaboration de tous les instants, humaine, artistique, technique et financière. Et bien sûr, je n’oublie pas la diffusion des films, car quand la France est engagée sur un projet latino, ça ouvre plus facilement des fenêtres de diffusion en France et en Europe, en salles de cinéma ou à la télévision.

RL: Quelles recommendations donneriez vous aux réalisateurs et réalisatrices, et aussi aux producteurs d’Amérique Latine qui veulent faire des co-productions avec la France?

DH: Je n’ai pas vraiment de conseils à donner.

Il s’agit d’abord de savoir si le film qu’on veut faire a besoin d’une coproduction, et quelle est l’audience qu’on veut atteindre. En France, c’est vrai, il a de nombreuses sources de financement pour des films étrangers. Il faut donc, le cas échéant, d’abord s’intéresser à tous les espaces qui permettent de rencontrer des producteurs français. Les festivals latinos comme Biarritz Amérique Latine (septembre) ou Cinélatino Toulouse, les grands marchés de coproduction, comme Berlin ou San Sebastian, mais aussi tous les festivals et marchés qu existent en Amérique Latine — BAM, FICCI, Guadalajara, Br Lab, Brasil Cinemundi, Bafici, Ventana Sur, etc — où les producteurs français sont présents. Ensuite, il faut essayer de cibler les gens avec qui on veut travailler. La plupart des sociétés ont des lignes éditoriales précises. Il faut aussi arriver avec un désir clair et fort pour un film, même s’il n’est pas encore écrit. C’est avant tout ce désir qui saura convaincre les autres de vous rejoindre dans l’aventure.

RL: Que pensez-vous des initiatives de circulation du cinéma latino-américain comme cette alliance entre DOC:CO, l’Ambassade de France et Retina Latina? Croyez-vous qu’elles contribuent à améliorer la distribution du cinéma latino-américain et à retrouver des nouveaux publics?

DH: Je pense que c’est une initiative formidable et que, d’une certaine façon, c’est une partie de l’avenir de la diffusion des films d’auteurs. Mais je tiens à dire que je suis toujours aussi attaché à la salle de cinéma, qui reste un lieu unique pour une expérience à la fois sociale et sensorielle.

Avant même la pandémie, ça devenait déjà difficile de montrer des films de qualité au public. Je crois que la constitution d’un programme éditorialisé, porté par différents organismes, avec des moyens de promotion diversifiés et importants, sur une plateforme qui diffuse dans plusieurs pays en même temps, sur une période donnée, c’est une clef en effet pour sensibiliser de nouveaux publics, tout en faisant plaisir aux cinéphiles aguerris.

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