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El tres de copas, Felipe Cazals

1

Mar
2016

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Una película extraña y acaso incomprendida en la carrera del gran Felipe Cazals, uno de los cineastas clave del grupo de Cine Independiente de México, responsable de películas emblemáticas como Canoa y El apando. En principio se trata de un western cuya historia está situada un poco después del fin de la Guerra de Reforma, en 1861. Los dos protagonistas, Pedro (Alejandro Camacho)y Damián (Humberto Zurita), también conocidos como “los güeros”, son casi hermanos, como explica la figura del narrador, que a menudo mirando a cámara interviene sobre el relato suministrando datos de la historia y un esbozo de interpretación acerca de los hechos por venir. Estos guerreros liberales de Benito Juárez distan de ser creyentes de la causa política a la que representaron, pero Cazals apenas esboza ese cinismo primitivo de sus personajes, pues la lógica del género elegido prescinde de minucias y precisiones. En verdad, el conflicto dramático de fondo es más instintivo e íntimo que político, ya que los hermanos desearán a la misma mujer, a quien conocen durante un viaje de regreso a Nochistlán; uno de ellos la “conquista” en un juego de naipes. Después de un tiempo, la hermosa Casilda (Gabriela Roel) tomará sus propias decisiones y actuará en consecuencia mientras los hermanos se unirán por un tiempo a una banda comandada por un tal Cipriano, interpretado por el notable Pedro Armendáriz Jr. La traición es aquí una acción constitutiva de todos los personajes, de lo que se predican varios conflictos, tanto entre los hermanos respecto de la mujer y viceversa, como también entre Damián y Pedro con la banda liderada por Cipriano. La anomalía de este western, que bien puede remitir visualmente a cualquier film de Sergio Leone, consiste en su deliberada economía dramática en la expresividad de los personajes a contramano del lógico requerimiento de la trama. Esta presunta incongruencia es justamente uno de los encantos secretos de El tres de copas, pues de esa tensión dialéctica surge una forma de representación despojada y contenida que poco tiene que ver con el canónico naturalismo interpretativo y que exacerba la naturaleza de los sentimientos puestos en juego. En este sentido, el singular sensualismo de algunas fugaces secuencias de erotismo resultan notables, al igual que los enfrentamientos entre pistoleros y algún giro humorístico inesperado. Por Roger Koza, de OtrosCines.com, para Retina Latina

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