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Aniversario 10 años: una región que aparece en muchas formas

15

Abr
2026

El ciclo "10 años, 10 películas" permite leer la historia de Retina Latina a través de lo que mejor la define. Durante una década, la plataforma ha sostenido una circulación pública y gratuita del cine latinoamericano, y con ello ha ampliado quiénes aparecen en pantalla, qué formas cinematográficas encuentran espacio y qué imágenes de la región llegan a los públicos. El eslogan de 2026, La libertad de vernos, nombra bien ese recorrido.

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Diez años en internet ya son una duración significativa. Lo son todavía más cuando ese tiempo se ha dedicado a sostener una plataforma pública y gratuita de cine latinoamericano. Retina Latina abrió espacio para que el cine de la región circule con contexto, con mediación, con mirada curatorial y con una idea de acceso vinculada a los derechos culturales. Eso, en medio de una circulación audiovisual dominada por la velocidad, la concentración del catálogo y las lógicas comerciales de visibilidad, ya es mucho. El ciclo «10 años, 10 películas» recorre esa historia, como una muestra capaz de condensar diez años de programación y de mirada sobre la región.

En 2026, esa historia se llama La libertad de vernos. El eslogan viene de lejos —ya se insinuaba en #VerNosLibera— pero hoy carga con diez años de trabajo detrás. Libertad para acceder, porque la plataforma reduce barreras económicas y de disponibilidad. Libertad para aparecer, porque pone a circular sujetos y experiencias con presencia limitada en las pantallas más visibles, y abre espacio para películas ajenas a la homogeneización algorítmica. Y libertad para mirarse de verdad, porque verse en América Latina también pasa por enfrentar heridas, desigualdades y formas de resistencia que están en las películas tanto como en la vida.

¿Qué tipo de diversidad ha hecho visible Retina Latina en estos diez años? La respuesta está en las películas, de una forma orgánica y difícil de resumir. Juntas, muestran una región hecha de diferencias reales. Y conviene decirlo desde ahora: estas diez películas condensan apenas una porción de una historia mucho más amplia, hecha de cientos de obras, de muchos más países y de una circulación que se ha mantenido a lo largo de una década.

Retina Latina nació en 2016 como una iniciativa regional y desde entonces construyó una infraestructura de circulación que incluye alianzas institucionales, una línea de curaduría sostenida, procesos de mediación y espacios de encuentro e intercambio de saberes. El reconocimiento del Fondo Internacional para la Diversidad Cultural de la UNESCO y el desarrollo de espacios como Conecta y las Lecciones de cine latinoamericano hablan de un proyecto que entiende la exhibición como parte de un ecosistema cultural más amplio.

Los sujetos y comunidades que este ciclo pone en circulación dicen mucho de esa apuesta. Ánimecheri (Argentina/México, 2017) ocupa un lugar central. Allí la comunidad purépecha de Janitzio narra en primera persona su relación con la muerte y con la memoria. Los vivos y los muertos comparten tiempo, trabajo, preparación, ceremonia. Es una de esas películas que recuerdan algo que a veces se olvida, porque hay formas enteras de entender la vida que apenas tienen lugar en el entorno digital. Migrante (Argentina, 2019), desde otro registro, convierte el desplazamiento latinoamericano en una obra animada por decenas de artistas de distintos países. La experiencia migratoria se vuelve coral, y la región aparece como territorio de tránsito, de fractura y de resistencia, a través de una construcción formal colectiva, atravesada por muchos estilos y muchas manos. Estas dos películas comparten una misma decisión de fondo. Alojan imágenes de América Latina narradas desde lugares que suelen ocupar zonas laterales en los catálogos dominantes.

Las juventudes latinoamericanas también han tenido un lugar importante en Retina Latina, y el ciclo lo deja claro con dos películas muy distintas entre sí. 25 Watts (Uruguay, 2001) sigue a tres jóvenes en Montevideo y se queda con el tedio, con la desorientación, con la energía baja de una juventud cuya potencia cinematográfica surge de la vida de todos los días. Con el paso de los años, la película se ha afirmado como uno de los títulos uruguayos más emblemáticos dentro de la plataforma y como uno de sus largometrajes más vistos. Los días de la ballena (Colombia, 2019) se instala en Medellín y acompaña a dos jóvenes que pintan muros, sostienen afectos y disputan un espacio urbano atravesado por amenazas. La distancia entre ambas es grande —de tono, de época, de velocidad—, y precisamente por eso importa que convivan en un mismo ciclo. Ser joven en Montevideo en 2001 y ser joven en Medellín en 2019 son experiencias muy distintas, y las dos tienen lugar en esta plataforma. Ahí conviven la deriva, el humor seco, el deseo, la vulnerabilidad, la ocupación del espacio público.

Fotograma 25 Watts

En otro punto del ciclo, la región aparece desde territorios periféricos y economías frágiles. El baño del Papa (Uruguay, 2007) mira Melo, en la frontera uruguayo-brasileña, y encuentra una mezcla de precariedad, ingenio y expectativa colectiva. Una comunidad entera organiza su deseo de prosperar alrededor de un acontecimiento religioso masivo, y al hacerlo deja ver una forma muy concreta de vida fronteriza. Bajo la niebla (Colombia, 2017) se mueve hacia Cajamarca y acompaña a quienes suben a contemplar un paisaje amenazado por el proyecto minero de La Colosa. Durante un largo periodo fue la película más vista de Retina Latina, y todavía hoy permanece entre los títulos activos con más reproducciones. Y no es casual. La película logra volver cercana y profundamente sensible una discusión decisiva sobre territorio y extractivismo. Entre la frontera popular de una y la caminata campesina de la otra, América Latina aparece como una red de lugares específicos, de comunidades situadas y de conflictos anclados en la vida material.

Hay otra zona del ciclo donde la diversidad se juega en un registro más íntimo. Días de Santiago (Perú, 2004) vuelve sobre el cuerpo y la mente de un exsoldado que regresa a Lima después de la guerra. La ciudad le devuelve desajuste, fricción, desamparo. La violencia del conflicto sigue ahí, desplazada al interior de una subjetividad rota. En la plataforma, la película se ha mantenido entre los títulos activos más vistos y sigue siendo una de las grandes referencias del cine peruano contemporáneo. Whisky (Uruguay, 2004), por su parte, trabaja una economía emocional distinta y a la vez cercana. La rutina, la incomunicación, la tristeza apenas desplazada por gestos mínimos. Son películas que trabajan con el espesor del silencio y con un malestar que se sostiene por sí mismo. La grisura rioplatense, la posguerra peruana, las vidas suspendidas. La imagen de la región se expande ahí hacia zonas que pocas veces se recorren con tanta atención.

El ciclo también dice mucho sobre formatos. El equilibrio entre largometrajes y cortometrajes es riguroso, y detrás hay una decisión curatorial clara: la duración convive en un mismo plano de valor. Un largometraje patrimonial como Whisky o 25 Watts comparte horizonte con obras breves que condensan universos enteros en pocos minutos —Migrante, La abuela grillo (Bolivia/Dinamarca, 2009), La Vitualla (Colombia, 2023)—. Ver un largo y un corto juntos, en un mismo programa, enseña algo sobre cómo mirar. El espectador pasa de una cadencia lenta y acumulativa a una forma breve, sintética, intensa, y la seriedad del encuentro y la relevancia cultural de la obra se mantienen intactas. El corto, en esta plataforma, ocupa un lugar estructural dentro de la circulación regional.

Lo mismo puede decirse de las formas cinematográficas. Ficción, documental y animación conviven como parte de una misma conversación, y este ciclo lo retrata bien. La animación es quizá el caso más revelador. La abuela grillo convierte un mito ayoreo en una alegoría política sobre el agua, el despojo y lo común, y se ha mantenido entre los cortometrajes activos más vistos de la plataforma —una señal del lugar que el cine boliviano ha encontrado en Retina Latina—. Migrante terminó convirtiéndose en la animación más vista de estos diez años, algo que dialoga bien con su forma coral y con su capacidad para conectar una experiencia regional urgente con un lenguaje visual múltiple. La Vitualla, desde el stop motion, trabaja el duelo infantil y la memoria afectiva a través de la cocina y la textura del recuerdo. En las tres, la animación expande el lenguaje de la región. Junto a ellas, el documental de Ánimecheri o Bajo la niebla y las ficciones de Whisky o Los días de la ballena trazan un panorama donde las formas del cine latinoamericano se despliegan con libertad.

Cada una de estas películas está anclada en un lugar concreto, en una comunidad, en un paisaje, en una ciudad particular. Pero lo que cuentan atraviesa la región entera. El duelo de una abuela en el Caribe, la deriva de tres jóvenes en Montevideo, la resistencia de una comunidad frente a la minería en los Andes colombianos, la experiencia de un excombatiente en Lima: son historias situadas que se vuelven compartidas. Quien las ve desde cualquier lugar de América Latina reconoce algo propio. Hay películas de humor seco, de contemplación pausada, de energía urbana, de intimidad artesanal, de fábula política. Ciudades y montañas, islas y fronteras, rituales y grafitis, fábricas y cocinas.

Fotograma de La Abuela Grillo

Y estas diez películas representan apenas una fracción. Detrás de una década de Retina Latina hay cientos de obras, decenas de cinematografías y un esfuerzo enorme de equipos de producción, directoras, directores, actores, guionistas, animadores y productores que apostaron por el cine latinoamericano y por dejarlo circular libremente. Este ciclo es también una forma de honrar todo ese trabajo y toda esa confianza.

Vistas juntas, estas diez películas cuentan algo que va más allá de ellas mismas. Cuentan una década de decisiones: abrir espacio para una América Latina múltiple, llena de contrastes internos y de lenguajes diversos. Haber sostenido esa tarea en el entorno digital, con una política pública de acceso y con una curaduría atenta a la complejidad de la región, es una de las mayores contribuciones culturales de este proyecto. Y ahí está lo mejor de este aniversario, en poder acceder a películas que permiten volver a mirar el trayecto recorrido y entender qué significa haber puesto a circular tantas maneras de ver y de habitar el territorio latinoamericano.

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