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Despertar el polvo, de Hari Sama

6

Abr
2017

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Un camino recurrente en el cine mexicano contemporáneo: apelar a una difusa metafísica de signos cristianos, más precisamente a la alegoría de connotaciones religiosas, para establecer una enunciación sociológica inexacta pero imperativa sobre el malestar que asoma en todo sector social de la vida mexicana. He aquí una cierta tendencia del cine mexicano. En este caso se trata en un inicio de un vagabundo y su azaroso recorrido por la ciudad de México. Los planos secuencia funcionan como una didáctica visual de la cotidianidad; el vagabundo transita la ciudad; en su lento paso, casi como un zombi, la negligencia y el desinterés de sus coetáneos frente a su andar operan como un espejo envenenado: los zombies quizás son los otros que ignoran la presencia de los desposeídos. El laborioso registro de los lugares que se ven en los trayectos heteróclitos tomados por el personaje funciona como una dimensión documental del espacio público de la ciudad de México. Pero este hombre no es uno entre otros, o al menos existe una voluntad fantástica por parte de Hari Sama por liberar la trama del yugo de lo real y emancipar al personaje de su inexorable destino espectral. Lo que sucede en el final modifica todo. ¿Desde cuándo los mendigos hacen acrobacias teológicas? En su tercera película, el realizador mexicano trabaja en un doble registro concebido en tensión, en donde los elementos naturalistas que constituyen el relato casi observacional son parcial y paulatinamente alterados por una dimensión casi sobrenatural, bastante impredecible, y más todavía cuando previo al desenlace místico la violencia callejera y la prepotencia policial ganan en protagonismo. Extraño cine el de Hama: su interés por el sufrimiento de los hombres siempre tiene una vía de fuga espiritual, experiencia transcendente que no es del todo identificable con ninguna tradición específica. Mientras tanto, cinematográficamente, sucede lo contrario. La estética de los hermanos Dardenne se siente en la obsesión por filmar a su personaje de espaldas y en movimiento; el costado espiritual es menos evidente, a pesar de que se puede conjeturar que el autor conoce la obra de Tarkovski y Reygadas. Por Roger Koza, de OtrosCines.com, para Retina Latina

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