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Cachila, de Sebastián Bednarik y Andrés Varela

20

Oct
2016

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Cachila es el apodo de Waldemar Silva, un hombre que nació en una familia ligada al candombe y cuyo padre desde muy chico le legó un sentido de trascendencia por esa práctica musical de índole popular que el propio Cachila a su vez ha inculcado como herencia simbólica a sus propios hijos y familiares directos. El tema del segundo film del director Sebastián Bednarik (codirigido con Andrés Varela) es la música; su contexto, la transmisión de una tradición popular por cuatro generaciones, tal como lo dejan entrever sin ambages las últimas secuencias con el nieto de Cachila haciendo sonar el pequeño tamborcito de juguete. El relato empieza con su lugar mítico fundacional: el exconventillo Medio Mundo, en Cuareim 1080, una calle de Montevideo, ciudad que aparece filmada de un modo poco convencional. Ese recinto reunía a muchísimos músicos, y el propio Silva reconstruye la historia específica del edificio que lo llevó a estar “arriba del tambor” todo el día. En ese pasaje inicial, algunas fotos pretéritas y algún material de archivo acompañan la reconstrucción oral del protagonista. El resultado es magnífico porque el contraste entre la imágenes del pasado respecto del presente revela algo inconmensurable, y no solamente porque en tiempos de dictadura los militares se ocuparon de acabar con los conventillos. Las memorias visuales de décadas pasadas parecen representar un mundo superado; en algún punto, el protagonista reconoció, formando parte de Morenada (una compañía), la necesidad de proteger el candombe del paso del tiempo. Tras ese prólogo, el film se concentra en los ensayos y en la participación de Cuareim 1080, la comparsa fundada por el propio Silva, en algunos torneos nacionales, como también en algunas presentaciones para las que el grupo es contratado. Entre concurso y concurso, en donde a veces se gana o se pierde, los miembros de la comparsa se forman más allá de los requerimientos de la disciplina. El emprendimiento cultural y familiar exige carácter y compromiso, y eso es lo que detentan los hijos de Silva, convencidos fervorosos de una actividad que en Uruguay tiene carácter institucional y deportivo. Bednarik y Varela sacan provecho de sus personajes, ordenan narrativamente las actividades del grupo, establecen una creíble relación en el tiempo de la familia con la actividad artística en cuestión y demuestran un gran sentido espacial para hacer correr su relato. Las geométricas panorámicas de la ciudad y el registro del conjunto enfatizan la labor colectiva y no individual, y posibilitan observar y escuchar una expresión sensible y auténtica de la cultura popular. Por Roger Koza, de OtrosCines.com, para Retina Latina

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